Y ver cada uno de tus suspiros en el vuelo de una mariposa...



domingo, 31 de enero de 2010

ÁNGELES

"Santa Maria, Madre de Dios, ruega por nosotras pecadoras..."




Hubo un tiempo en que las Puertas del Cielo estuvieron custodiadas por dos ángeles hermosos y terribles como el mar en plena tempestad. Ellos eran a la vez juez y jurado de quienes hasta allí se acercaban intentando entrar en el Paraíso. Clementes con quienes tenían pureza en su alma y crueles y temibles como una tormenta con los impuros de corazón. Dos ángeles de alma cristalina y brillante, dulces en su voz y sus palabras e implacables en la ejecución de sus sentencias, tan llenos de piedad como de crueldad. Durante siglos y siglos, escucharon los relatos de las vidas de los hombres y mujeres que allí llegaban, jóvenes, ancianos y niños, y decidieron quienes eran dignos de cruzar y quienes no.

Ocurrió, con el pasar de los siglos, que las almas errantes dejaron de acudir a las Puertas del Cielo y los dos guardianes se encontraron sumergidos en una enorme soledad, pues si uno custodiaba las horas del día, el otro estaba relegado a las horas de la noche. Y a pesar de ser ambos ángeles guardianes de las Puertas jamás llegaban a verse ya que, esta era una de las normas de Cielo. Debían permanecer eternamente en soledad para no influirse el uno al otro en sus juicios. La vida del ángel diurno transcurría bajo la luz del sol en un mundo de luz, color, lleno de vida. El mundo del ángel nocturno, era el mundo de las sombras, los colores apagados, el frío resplandor de la luna. Ambos ángeles eran felices en sus mundos, aunque a veces, cuando cada uno abandonaba su puesto, no podía evitar preguntarse como seria la vida del otro, pues veían amaneceres y atardeceres, pero tenían prohibido quedarse cuando la luz lo abandonase o inundase todo. El ángel diurno veía desaparecer la luz y como los colores se iban apagando, como las sombras se apoderaban de todo. El ángel nocturno veía como la luz hacia retroceder a las sombras. Soñaban despiertos con el día que uno no veía y la noche que el otro no conocía e intentaban imaginar como seria vivir el uno en el lugar del otro. Intentaban imaginar como se verían las cosas, como se sentirían en un lugar que, aunque ambos conocían desde el principio de los tiempos, parecía tan diferente en las horas en que no estaban presentes. Durante una de esas ensoñaciones y en la desesperación del lento correr de las horas, el ángel nocturno, grabó con su espada en el muro que rodea el Paraíso un mensaje para el ángel diurno. “¿Es tu soledad tan inmensa como la mía?”. A continuación rellenó las letras grabadas con un rayo de luz de luna y cuando las horas de la noche empezaron a clarear hacia las horas del día, extendió sus alas y desapareció dejando tras de si sus lágrimas.

Con el primer rayo de sol, llegó a las Puertas el ángel diurno que suspirando replegó sus alas, se sentó y se apoyó en al muro. Cuando estaba el ángel trazando círculos con su espada en la arena notó un frío en la espalda y se giró. Algo brillaba en la pared sobre la que se había apoyado pero con una luz tan débil que casi no lo podía distinguir. Así que cerró sus manos sobre aquel brillo y descubrió una letra. La acarició y notó el frío que desprendía y su belleza plateada. Y así acariciando el muro repasó letra tras letra hasta que leyó completo el mensaje que allí estaba escrito. El ángel cerró los ojos y sin separar su mano de la última letra escrita lloró amargamente y por primera vez, por el destino que les habían reservado. Cuando sus lágrimas se agotaron sintió que se había desprendido de su pecho un gran peso y secándose la cara se giró hacia el muro y escribió su respuesta. “Ahora ya no tanto”. A continuación rellenó las letras con un poco de luz de sol, se sentó de nuevo frente al muro y pasó el resto del día luchando contra su propia conciencia. Sabia que no debía hablar al otro guardián pero realmente no podía evitar sentirse solo en medio de aquel mundo.

Hora tras hora el sol se fue ocultando y la luz comenzó a desaparecer y con la llegada de la noche llegó también el ángel nocturno. A medida que se acercaba a las Puertas apareció un brillo que se hacia cada vez mas cegador, llegando a tal intensidad que antes de pararse frente al muro, tuvo que cubrirse los ojos. Y así, con los ojos cubiertos por una mano y acariciando con la otra las cálidas y brillantes letras, pudo leer el mensaje que allí había. Y esa misma calidez y ese brillo cegador inundaron al guardián hasta hacerlo sentirse un poco menos solo.

Pasó el tiempo y ambos guardianes siguieron con sus mensajes de letras frías y pálidas unos, y cegadores y cálidos otros. Hablaron de lo diferentes que eran sus mundos. Del frío de la noche y la calidez del día. De los colores negros y grises que a la luz del sol se vuelven brillantes y llenos de vida. De cómo hasta los sonidos eran diferentes para ambos y en las horas de la noche se amortiguaban hasta casi desaparecer. Del olor de la lluvia y la tierra húmeda y de todas aquellas cosas que solo se perciben cuando se vive en la mas absoluta soledad. Y sobretodo hablaron de esa soledad. A través del muro se fueron descubriendo, conociendo sus ilusiones, sus deseos mas secretos, sus miedos mas desgarradores y poco a poco nació entre ellos un sentimiento que ambos desconocían y que les atraía y asustaba con la misma intensidad. Creció la necesidad de hablarse, de saber que el otro estaba ahí, dispuesto a escuchar y comprender, y a la vez la necesidad de poder consolar al otro. Rieron, lloraron y la unión entre ambos se hizo aun mayor. Pero dejó de ser suficiente y los dos ángeles comenzaron a sentirse desesperados otra vez. No sabían lo que ocurría pero no había consuelo ya en sus mensajes y la necesidad de algo que desconocían se abría paso en sus corazones y sus cuerpos cada vez con mayor ímpetu. Así que, sin saber muy bien porque, decidieron romper las reglas del Cielo y encontrarse cara a cara en las horas en que debían comenzar y acabar su vigilancia en las Puertas.

Al principio no se atrevían a acercarse uno a otro así que se ocultaban tras los árboles de los jardines del Paraíso y paseaban juntos pero sin llegar a verse. Sin embargo, de esta forma descubrieron el sonido de la voz del otro, de sus risas y su llanto, y se escucharon suspirar. Sintieron la duda en la voz del otro, la ilusión y el miedo de sus corazones reflejado en las frases que pierden intensidad y se vuelven un susurro casi inaudible. Cada día que pasaba crecía en ellos la necesidad de sentirse cerca y de oírse, así que los dos ángeles, casi sin darse cuenta, alargaban sus encuentros aun a pesar del riesgo que corrían. No solo por ser descubiertos, lo que supondría un severo castigo, sino por el daño que podría causarles la diferencia entre la noche y el día, pues sus cuerpos habían sido creados solo para las horas en las que debían vigilar las Puertas.

Ocurrió que cierto amanecer, mientras el ángel nocturno esperaba al ángel diurno, el cansancio se apoderó de su cuerpo y sin darse cuenta se quedó dormido bajo un árbol. Cuando el guardián diurno llegó a las Puertas llamó y buscó a su compañero. Al no encontrar respuesta una extraña sensación de tristeza se apoderó de él. No entendía porque, pero de pronto la soledad se hizo mas palpable aun que antes de haber conocido a su compañero y una sensación de opresión se amarró a su pecho, así que decidió pasear él solo por el jardín. Mientras pensaba en todas las conversaciones que habían tenido y todas las veces que había escuchado la voz del otro ángel una sonrisa se dibujaba en su cara. Casi sin darse cuenta, cruzó los brazos sobre su pecho y se dio un abrazo así mismo. En cuanto sintió su propio calor se dio cuenta de que era lo que tanto había deseado y ese deseo lo inundó. Echó a correr por el jardín hacia las Puertas. Tenia que dejarle un mensaje al ángel nocturno, tenia que conseguir verle de nuevo. Tenia que abrazarlo... Cuando iba corriendo hacia las puertas tropezó con algo y cayó al suelo. Al levantarse y girarse para ver que le había hecho caer se encontró con el brillo apagado de la espada del ángel nocturno. “No puede estar aquí, la luz del sol lo dañaría”. Asustado con ese presentimiento, el ángel se levantó del suelo y recogió la espada. Se giró desesperado y miró en todas direcciones sintiendo como su corazón se desbocaba por el miedo a lo que hubiese podido ocurrirle algo al ángel diurno, hasta casi ensordecerle sus propios latidos, y cuando estaba apunto de dejarse invadir por la desesperación vio algo moviéndose oculto entre las sombras de un gran árbol. Corrió hacia allí y se metió despacio bajo las frondosas ramas del sauce . Con un suspiro de alivio cayó de rodillas al suelo pero su corazón no se tranquilizó pues en ese momento se dio cuenta de que por primera vez estaba frente al otro ángel y podía, por fin, ver su cara en lugar de tener que imaginársela. Estaba dormido, su respiración era profunda y regular. Despacio, tratando de no despertarlo, giró a su compañero hasta dejarlo boca arriba. Algunos mechones de su oscura melena cubrían su cara así que el ángel diurno alargó su mano y los apartó acariciando con suavidad el rostro del ángel nocturno y al hacerlo la luz del sol que se filtraba entre las hojas, arranco del pelo del guardián algún reflejo rojizo. Le agarró las manos y se quedó mirándolo. Mirándola. Soltó las manos del ángel y dio un pequeño salto hacia atrás. Era mujer. Alargó la mano y la puso sobre su cara. Casi sin darse cuenta sonrió. No podía alejar la mano de la suavidad y la calidez de aquel rostro. Lo recorrió con la punta de sus dedos. La frente, el arco de la nariz, sus pómulos. Sus labios. Bajó la mano lentamente por su mandíbula y su cuello. Acarició su clavícula y paseó sus dedos por su hombro. Acarició enteros sus brazos y sus manos y las cogió para llevarse a los labios sus dedos. Era la primera vez que sentía el contacto de otra piel. Suspiró. El ángel nocturno se removió un poco pero no despertó, aun así el guardián del día se quedó quieto sin saber que hacer. Miró a su compañera durante largo rato y sin darse cuenta fijó la vista sobre sus labios. “Durante siglos y siglos, he escuchado las historias de los hombres, he visto como sucumbían a sus deseos mas prohibidos, como sacrificaban todo por un simple beso. “¿Qué fuerza tan poderosa puede haber en algo tan simple?” Lentamente acercó sus labios a los del ángel nocturno, un roce tímido e inseguro. Sintió su aliento, la suavidad de su piel y la necesidad de algo mas que no llegaba a entender. Apretó su boca contra la del ángel dormido y saboreó sus labios, al tiempo que la abrazaba con fuerza y la levantaba apoyándola contra su pecho y sujetando su cabeza por la nuca con una mano.

Moira, el ángel nocturno, despertó de su sueño con una sensación que no conocía y la inundaba por completo de vida. Parpadeando por el exceso de luz abrió los ojos y quedó frente a otro ángel, ambos respirando con dificultad tan cerca uno de otro que podía sentir todo su cuerpo. El otro ángel la miraba con una profundidad que la hizo estremecerse. Aun así, no pudo evitar pasar sus brazos por encima de los hombros de su compañero y sujetarse a su espalda. Miró a quien tenia enfrente, acarició su cara, recorrió un pequeño camino de pecas, enredo sus dedos con los cortos rizos oscuros de su cabeza. Y Moira a menos de un centímetro del rostro del ángel diurno, volvió a cerrar los ojos y acercó sus labios a los labios del otro fundiéndose en un beso mientras en su cabeza resonaba su propia voz, “Es una mujer”.

Norna volvió a recostar a Moira sobre la hierba bajo el gran sauce. Sus corazones latían cada vez con mas fuerza y no eran capaces a separar sus labios. Moira sentía sobre su cuerpo el peso de Norna, su calor, y sintió el impulso de acariciarla. Sus manos se deslizaron por su nuca, bajaron por su espalda y recorrieron su costado. Los besos se volvieron intensos, urgentes. Sus bocas se rozaban y apretaban buscando el sabor de la otra. Moira recorrió los labios de Norna con su lengua, Norna respondió de igual forma y sus lenguas se unieron. Acercaron aun mas sus cuerpos. Moira separó su boca de la de Norna y echó la cabeza hacia atrás ofreciendo en un gesto instintivo su cuello. Norna tragó saliva con dificultad y bajó la cabeza hacia la piel de aquel cuello. Besó la mandíbula, la recorrió hasta llegar al lóbulo de la oreja y lo atrapó con suavidad entre sus dientes. Moira suspiró. “Debemos parar”, pensó, mientras sentía como la mano de Norna sujetaba casi sin rozarlo su pecho. Sintió en calor de la palma a través de la fina seda blanca de su vestido. Norna enterró la cabeza en el hueco de su cuello y enredó sus dedos en la melena de Moira. El pulgar de su otra mano se movió y sintió como el pezón se endurecía bajo su caricia. Moira le clavó los dedos en la espalda y dejó escapar un gemido. “Estamos perdidas” pensó Norna. Sus miradas se cruzaron y volvieron a besarse. Norna apartó lentamente los tirantes del vestido de Moira y los deslizó por sus brazos dejando su pecho desnudo. Ruborizada, Moira se incorporó y se cubrió con los brazos pero Norna la atrajo hacia si y la abrazó hasta que comenzó a tranquilizarse. “Quiero verte”. Moira asintió y se volvió a echar sobre la hierba. Norna clavó su mirada en ella. Recorrió la línea de la clavícula, la redondez de los pechos. Deslizó hacia abajo el vestido y dejó a la vista la cintura, el ombligo, la curva de las caderas. Al levantar la vista hacia los ojos de Moira la vio humedecerse los labios y algo se sacudió dentro de ella. Con un suspiro entrecortado acabó de desnudar a Moira rodeó con los dedos uno de sus tobillos. La mano de Norna se fue deslizando despacio por la pierna de Moira, acariciando el hueco de la rodilla, la suavidad de sus muslos. La mano pasó a la cadera, la cintura, rodeo el ombligo y subió de nuevo al pecho. Norna se agachó sobre Moira y besó su pecho. Moira enredó los dedos entre sus rizos. Norna siguió acariciándola mientras besaba su pecho, mientras saboreaba su piel. Deslizó la mano por su costado, bajó hacia la cintura, la cadera, agarró su muslo y dejo que sus dedos avanzaran hacia la parte interior acariciando a Moira por puro instinto. Y por puro instinto Moira abrió las piernas dejando que Norna la acariciase. Sintió sus dedos explorando con timidez, con inseguridad, entre sus piernas y la invadió un extraño calor. Sus caderas empezaron a moverse al ritmo de las caricias de Norna y la sensación de placer amenazaba con ahogarla. Moira cogió la mano de la Norna y la apartó. “Yo también quiero verte”, dijo jadeando. Denudó a Norna y la acarició como Norna la había acariciado a ella, quería que sintiese lo mismo que ella sentía. Norna casi enloqueció de placer cuando sintió los dedos de Moira entre sus piernas. La obligo a recostarse en la hierba y se echo sobre ella. La sensación se sus cuerpos desnudos, piel contra piel, hizo que un estremecimiento las recorriese a ambas. Volvieron a besarse. Despacio, acariciándose con suavidad, con timidez. Poco a poco los besos y las caricias se volvieron mas atrevidos. Entrelazaron sus piernas, sus caderas empezaron a moverse buscándose. El sudor de ambas hacia que sus cuerpos se deslizasen uno sobre otro con facilidad. Norna besaba el cuello de Moira y esta no dejaba de recorrer la espalda de Norna con las manos. Perdieron la noción de lo que las rodeaba. Solo existían ellas dos y sus cuerpos y la pasión que se apoderaba de ellas. Olvidaron donde estaban y quienes eran y el peligro de que las encontrasen. Gimieron, jadearon, dijeron sus nombres mientras sus respiraciones se aceleraban mas y mas igual que el ritmo de sus caderas. Norna clavó los dientes en el cuello de Moira. Moira clavó sus uñas en la espalda de Norna. Y el mundo se paró. Arquearon sus espaldas buscándose mientras todo lo real y tangible se desvanecía y el placer mas absoluto que jamás conociesen estallaba dentro de ellas. “Vaya. Al final resulta que si merecía la pena morir por esto” dijo Norna casi sin respiración y se desplomó sobre Moira que la abrazó sin poder parar de reír. Y así, abrazadas y desnudas, se quedaron dormidas.

Pasaron muchas lunas y muchos soles. Muchos atardeceres y amaneceres vieron crecer al amor entre Norna y Moira. La felicidad de sus miradas y sus risas iluminaba el jardín en sus encuentros secretos. Pero la felicidad es un estado muy efímero que al desaparecer deja un gran dolor y un vacío difícil de llenar, y Moira se encontró un amanecer sola en el jardín buscando a Norna con desesperación. La buscó por todas partes hasta que la luz del sol se hizo demasiado fuerte para ella y le empezaron a doler los ojos. Al principio pensó que era por la luz a la que no estaba acostumbrada pero cuando llegó a su lugar de reposo y se llevó las manos a los ojos no pudo ocultarse mas a si misma sus propias lagrimas. Le dolían los ojos de llorar y la angustia por lo que le hubiese podido pasar a Norna le apretaba el corazón como un puño que le helaba la sangre. Las horas se ralentizaron, el día no parecía querer dejar paso a la noche y un mal presentimiento empezó a retorcerse dentro de Moira. Cuando el atardecer, por fin llego, salio corriendo hacia el jardín para seguir buscando a Norna. Le latía el corazón rápida y pesadamente, sentía su latido seco en la boca del estomago como si fuese el graznido de un cuervo anunciando un trágico final. La angustia la hacia sentir unas enormes ganas de gritar así que atravesó el cielo hacia las Puertas tan rápido que casi se golpea contra el muro. Al llegar descubrió un mensaje escrito con las letras calidas de Norna pero su alivio duró muy poco. Ni todas las horas de la eternidad valdrían para explicar como sintió Moira hacerse el vacío dentro de su alma delante de las palabras escritas de Norna. Como, poco a poco, un frío se instaló en la piel donde solo un día antes Norna dejaba sus caricias y sus besos. Se había ido. Había abandonado a Moira. No quería seguir con ella porque, decía, sabia que al final las descubrirían y la amaba demasiado para verla sufrir el castigo que les impondrían. Pero, ¿quien entiende que para evitarte el dolor, te hagan aun mas daño?

Moira podía enfrentarse a todos lo castigos que le quisiesen imponer, pero no podía enfrentarse a la ausencia de Norna. Lloró. Lloró toda la noche y muchos amaneceres y atardeceres. Siguió con su vida confiando en aquello que le decían todas las almas que recibía, que el tiempo curaría su herida y el vacío dentro de ella se acabaría llenando. Hasta que descubrió que su herida no dejaba de sangrar y su vacío cada día era mayor. Que cada día sin Norna era como morirse un poco. Que la felicidad que sentía cuando en sueños recordaba sus momentos con ella, no era real y desaparecía al despertar dejando tras de si mas angustia de la que había sentido hasta ese momento. Y pasó el tiempo y muchos meses y muchos años, y Moira cada día echaba mas de menos a Norna y cada día sentía con mas fuerza que nada de lo que le ocurría valía nada sin Norna a su lado. Que las risas solo eran un alivio momentáneo, que su trabajo solo era un entretenimiento para no tener que pensar, que todas las cosas que conseguía, serian mucho mas hermosas cerca de su amor. Sencillamente, que no quería seguir viviendo sin Norna porque aquello no era vivir, era dejar pasar los días sin mas esperanzas ni sueños ni ilusiones que aquellos que tenia guardados rotos dentro de su corazón. Aquellos que habían creado juntas y ella atesoraba mientras esperaba que Norna volviese a su lado.


Karen Rodriguez Zapico