Las tres hijas del Rey Lear
Hay un castillo en lo profundo de un bosque, antigua orgullosa fortaleza, donde las piedras de los muros caen y se desprenden por el pasar de los siglos y el envejecer del tiempo. Ya casi no queda nada de las torres que se levantaban por encima del orgullo y la ambición de los hombres, ni ondean las banderas cargadas de falsos juramentos de honor. En medio de ese castillo sobreviven intactos al paso del tiempo los muros del patio donde la áspera cuerda del verdugo ciñó el suave cuello de la hija menor del rey. Aun perdura bajo la sombra del cadalso, otra sombra fría y húmeda, que cala los huesos y desquicia los nervios. Y ahora, reinan en la oscuridad del bosque y sobre las ruinas del palacio hordas de cuervos negros que, cuando levantan el vuelo hacia el sol, cubren el cielo y el suelo como una lluvia negra que se transforma en alfombra de plumas de las ruinas del castillo. Pero no penséis que son ellos quienes mantienen alejados de allí a los ambiciosos que se pretenden reyes, es esa sombra que ríe y baila con los cuervos, con la cuerda aun colgando del cuello, oculto el rostro bajo encaje negro y pintados los labios de rojo. Esa sombra con figura de mujer, que se alimenta de almas y se llena las manos de plumas de cuervo para lanzarlas al aire y bailar bajo la lluvia negra. Cordelia, que lleva siglos vagando por el patio donde el verdugo puso la cuerda en su garganta seca y dejó sus pies colgando sobre el suelo. Columpio mortal, mortal balanceo de su cuerpo que agita los pies buscando un apoyo que alivie la falta de aire. Descolgó su padre, rey envejecido y traicionado, el cuerpo de Cordelia y con ella en brazos halló el alivio del sueño eterno. Pero el alma de la dama de ojos verdes y cabellos pelirrojos, se quedó aferrado a ese suelo donde también vagan sus hermanas. Envenenada la bella Regan con sus cabellos rubios dignos de reflejar todos los rayos del sol y los ojos azules como un día de verano. Envenenadora Goneril, de melena negra y negros ojos, oscuros como su alma, que después de envenenar a su propia hermana buscó la muerte en la afilada y fría hoja del puñal. Las tres juntas bailan por las noches a la luz de la pálida luna, sus cabellos al viento, oro, azabache y fuego. Sus risas llenan las ruinas del castillo y erizan la piel de quienes por allí se acercan. Incautos, extraviados, curiosos que caerán en sus redes. Las tres juntas salen de las puertas del castillo y corren por el bosque seguidas de los cuervos que las guían hacia sus victimas, volando sobre sus cabezas con sus negras plumas brillando azuladas en la noche. Una nube negra que lo cubre todo y oculta la escasa luz del bosque graznando en el cielo avanza sobre quienes se aventuren a cruzarlo. Y tras ella llegaran las tres almas condenadas, las tres devoradoras no muertas que jugaran su juego macabro con la condenada victima. Brujas, hechiceras de lujuriosos cuerpos y venenosa piel que engañaran al incauto para llevarlo al castillo y que allí lo envenene Regan, lo apuñale Goneril y lo ahorque Cordelia. Pero en ninguno de estos trances morirá aun, pues las tres hermanas yacerán con él y ahogaran el deseo de sus fríos cuerpos para al final beber su sangre. Sobre la tumba del Rey Lear, sus tres hijas amadas, dejaran los restos de los hombres que a ellas sucumben para que los cuervos los picoteen aun sangrantes. Bailaran eternamente su macabra danza, lanzando al aire plumas negras que caerán sobre ellas como lluvia negra y por las noches saldrán las tres juntas de caza, con los cuervos como ejercito de la oscuridad y la niebla. Solo Cordelia dejara de sonreír al alba y volverá a ocultarse a la sombra del cadalso donde el verdugo le arrancó la vida. Y allí sola oyendo de lejos las risas de sus hermanas permanecerá Cordelia, ojos verdes y pelo rojo como el fuego, llorando los días que se han ido y la eternidad condenada que le queda por delante. Karen Rodriguez Zapico