El Libro perdido de Rut y Noemí
“Al principio creó Dios al hombre y de él creó a la mujer y, temeroso de que algo pudiese pasarle a su obra, creó a los ángeles que debían protegerlos, y los llamó Rut y Noemí. Fueron estos ángeles seres hermosos y temibles como una tempestad, bondadosos y alegres, exigentes y protectores, sabios y pacientes. Todo lo que estaba bajo su protección estaba a salvo y fueron Rut y Noemí como madres para Adán y Eva, y los cuidaron y educaron y enseñaron todo lo que conocían…” Libro Perdido de Rut y Noemí 1: 1-17
El Paraíso era un lugar tranquilo y feliz en aquellos primeros tiempos de la Creación y Dios era un ser omnipotente y omnipresente pero ante todo amaba su obra y era feliz viendo todo el amor que había creado. Estaba orgulloso de sus hijos y se emocionaba con cada nuevo descubrimiento que hacía al observarlos, con cada cosa nueva que sus maravillosos ángeles les mostraban y enseñaban con todo su corazón. Se alegraba con cada carcajada de Rut cuando Adán o Eva se equivocaban o hacían alguna trastada y con la dulzura con la que Noemí los corregía y regañaba. Decidió que sus nombres reflejarían todo lo que ambas eran. Y así Rut significó “la compañera”, pues todo en ella eran juegos y apoyo y nunca dejó solos a sus protegidos, y Noemí significó “la dulzura”, porque de todo su ser se desprendía una ternura sin igual y todo lo hacía con el sentir de una madre. Los días pasaban sin preocupaciones en el Paraíso y, poco a poco, a medida que Adán y Eva crecían y aprendían, Rut y Noemí fueron dejando que investigasen por su cuenta. Les dieron independencia y libertad para que ellos mismos decidiesen que cosas querían conocer y a qué dedicar su tiempo y solo intervenían cuando Adán o Eva les preguntaban algo o cuando les veían hacer algo mal. Y aunque siempre se mantuvieron cerca para evitar que algo pudiese pasarles, empezaron a pasar cada vez menos ratos con ellos y a tener mas tiempo para disfrutar en la compañía del Creador. Ellas habían nacido de la luz del conocimiento y toda la sabiduría del universo estaba en su ser, no necesitaban lecciones, y conocían cada átomo de materia pero había cosas que en principio no podían entender y aprovechaban los momentos que tenían para estar cerca de Dios para que él les explicase porqué se sentían tristes a veces, porqué reían o lloraban o se asustaban, porqué eran mas felices cuando estaban juntas, qué era eso que sentían cuando estaban separadas que no llegaba a ser tristeza. Dios se maravillaba de la perfección de su obra y de cómo los sentimientos empezaban a nacer dentro de aquellos dos hermosos seres y decidió que, todo el amor que había creado era sin duda lo mas hermoso y poderoso de cuanto existía y que ese amor que sentían la una por la otra era, además, algo especial pues demostraba que los sentimientos son indomables e incomprensibles y nacen sin que podamos hacer nada para evitarlo. Y así pasaban los días en el Paraíso. Adán y Eva correteando de un lado a otro siempre con algo nuevo que aprender y preguntar, Rut riendo, saltando y jugando con cuanto se cruzaba por su camino y Noemí paseando del brazo del Padre, sonriendo con cada nueva ocurrencia de Rut o ante cada mirada furtiva que se cruzaban. Un día, al atardecer, Dios hizo que Noemí lo llevase hacia una piedra en medio del Paraíso y se sentó fatigado. Últimamente caminaba con ayuda de un bastón o apoyado en el brazo de Noemí y las distancias largas lo dejaban exhausto. Se le notaba cansado y envejecido y tanto Rut como Noemí temieron por su Creador. También Adán y Eva que estaban cerca llegaron a él preocupados pero él los tranquilizó. Solo necesitaba un poco de descanso pues con su obra había gastado mucha energía. A Adán y Eva les encomendó seguir con sus lecciones y empezar a construir el mundo de los hombres, pues ellos serían los que habían de dar vida a su propia raza. A Rut y Noemí, les encomendó el cuidado del Paraíso, de Adán y Eva, y de toda su obra, y les dijo que se retiraría un tiempo a los confines del universo a descansar. Mientras lo veían marchar Noemí apoyó su cabeza sobre el hombro de Rut que la abrazó preocupada, nunca había sentido tanta tristeza dentro del otro ángel. Todo el cuerpo de Noemí temblaba por las lágrimas contenidas y se mordía los nudillos para evitar que Adán y Eva oyesen sus gemidos. Intentaba contener el llanto mientras a sus pies, sentados en la hierba, Adán y Eva, se abrazaban a las piernas de los ángeles. Noemí bajó las manos a sus cabezas y los acarició con dulzura mientras se refugiaba en los brazos de Rut, y allí se quedaron abrazados hasta que Dios no fue mas que un punto de luz en la distancia. Una tristeza infinita se apoderó de todos pero enseguida Rut se inventó un nuevo juego y consiguió que, al menos en parte, esa tristeza se aliviase. Todos echarían de menos al Creador pero seguro que pronto volvería con ellos y todo sería como al principio.
Tanya y Moira miraban a Norna sin entender nada. Había llegado oculta por los últimos rayos de sol, con la capucha de su capa cubriéndole la cara y aferrada a un libro que les hizo prometer que protegerían con su vida. Y cuando por fin la habían convencido de que allí nadie las encontraría, había abierto el libro y había empezado a leer. Pero ni Tanya ni Moira podían creer nada de lo que allí estaba escrito. Ahora la miraban mientras la luz del fuego se reflejaba en su cara. Temblaba de frío aun a pesar de estar prácticamente dentro de la chimenea, y de las mantas que Tanya le había puesto por encima de los hombros. Era un ángel del día. La noche era para ella como el puro hielo y mas aún en aquel lugar. A un gesto de Tanya, Sergei y Nicolai se pegaron a ella. Norna dejó de temblar pero seguía pálida y parecía muy nerviosa. Moira no sabía que pensar. Lo que Norna leía no tenía sentido ni se parecía en nada a lo que sabían de La Creación. Era absurdo de hecho. Según el libro que Norna protegía impulsivamente con sus brazos, Adán y Eva habrían sido creados niños y criados por dos ángeles, los primeros de La Creación. Dos ángeles que además no aparecían en ningún otro libro que ellas conociesen y de los que jamás habían oído hablar y, que siendo los primeros, deberían haber sido los mas importantes. Moira, como ángel superior al igual que Norna, había estudiado la genealogía de los ángeles y el momento de su aparición y no podía creer que si hubiesen existido antes de la caída del hombre, se los hubiese apartado de su historia pues serían además, según el libro, los responsables directos de Adán y Eva. Sacudió la cabeza y puso en orden lo que sabía. Dios había creado a un Adán adulto y de él, a una Eva adulta y los había dejado vivir en el Paraíso con la única condición de no comer del fruto del Árbol prohibido. Pero estos, tentados por el mal, no habían hecho caso y habían sido expulsados a la tierra. Y ese era el momento de la Creación de los ángeles y de la primera Guerra entre el bien y el mal. Un ángel de día y un ángel de noche, hombre y mujer, para proteger a los hijos de los hombres y rescatar sus almas. Ellos habían creado los primeros ejércitos y ante la traición de Lucifer habían luchado para que el mal no destruyese la obra de Dios. Esos eran los primeros, esos eran de quienes ellas descendían. ¿O no? Aquel libro al que Norna se agarraba como a un trozo de madera en medio del mar, contaba una historia diferente, una que de ser cierta incluía además una afirmación que haría tambalearse los principios de las Leyes de Cielo.
- ¿Dios se sentía feliz del amor entre Rut y Noemí?- Tanya susurró la pregunta mas para si misma que para el resto pero la mirada de Norna era como un grito en la noche que hizo a Tanya encogerse sobre si misma sentada en el suelo. Moira cerró los ojos y trató de concentrarse. Según aquel maldito libro, el Creador no solo se alegraba del amor entre dos mujeres, sino que lo consideraba como algo especial dentro de su obra. Y entonces, ¿qué pasaba con todos los ángeles expulsados por ese pecado?¿Con todas las almas que ellas no habían dejado cruzar las Puertas por no arrepentirse de ese amor prohibido?- Humm- Moira sintió como, ante el gemido angustiado de Tanya, una sonrisa intentaba abrirse paso en su rostro. Abrió un ojo y se encontró con la mirada interrogante y curiosa de Norna. Notó que enrojecía y apartó la vista. Era hora de poner las cosas en su sitio. Aunque presentía que aquello solo acababa de empezar.
- Imaginemos que este libro cuenta la verdadera historia del principio de los tiempos. Es una bomba de relojería apuntando a los pilares de toda una organización muy poderosa y muy amante de su poder. Nunca lo dejarían salir a la luz.- Otro gemido angustiado de Tanya que de repente se encontró con Moira y Norna mirándola de reojo. Moira estaba a punto de echarse a reír y Norna la miraba con una ceja levantada.- Lo que implica que quien tenga el libro…
- …es un enemigo al que aniquilar.- Norna acabó la frase de Moira mientras Tanya echaba mano instintivamente a la funda de su espada. No le gustaba usarla pero en aquel momento le pareció reconfortante tenerla cerca. Moira miró hacia las ventanas. Una claridad apenas perceptible empezaba a dibujarse en el horizonte. Había llegado a aquella cabaña en el anterior atardecer y en este había llegado Norna. Apenas habían dormido ni ella ni Tanya que, además durante la noche no había abandonado su labor de custodio y de día había estado intentando poner orden en el pequeño desastre que tenía como casa. La hizo sonreír recordar a Tanya corriendo de un lado a otro recogiendo sus cosas pero la sonrisa le duró poco. Otra vez se hacia de día, otro día sin dormir. Realmente no sabía que pensar. Le parecía absurdo creer lo que Norna les había leído y quería pensar que el libro se había escrito mas tarde, no por lo que decía, sino por el peligro que suponía tener algo así cerca. Era un secreto que de ser cierto era peligroso conocer y no había a quien acudir. Si alguien averiguaba que lo tenían y lo que contenía sus días estaban contados. Y los de ella ya eran bastante peligrosos con medio batallón de ángeles buscándola por haber huido de las Puertas. Por una parte sentía la felicidad de pensar que en realidad su amor por Norna no había sido pecado, por otra, tenía miedo de que las descubriesen con el libro. No estaba segura de creer lo que allí decía pues contradecía todas las demás sagradas escrituras pero el libro era muy antiguo y estaba escrito en la lengua de los primeros tiempos. Incluso a Norna y a ella que eran expertas en esa lengua, como todos los ángeles guardianes, les costaba entender algunas cosas. Miró a Tanya y a Norna. Y pensó en como se sentía cerca de ellas. Como se había sentido con Norna y como se sentía con Tanya. No podía ser pecado, no podía estar prohibido. Debían proteger el libro, debían dárselo a conocer a los ángeles condenados. Tenían derecho a ser felices sin sentirse mal por ello ni ser tratados como traidores. Ni un ángel mas debía perder sus alas.
“No hay caricia mas cálida que la de un amante, ni beso mas dulce que el de quien te ama con el corazón. Y no hubo amor mas puro en aquellos tiempos, ni en los primeros tiempos que vinieron tras ellos, ni puede que hasta nuestros días, que el de Rut y Noemí. Y hasta la hierba donde sus cuerpos se enlazaban crecía mas verde y las flores de alrededor olían mejor, pues estaban perfumadas con el olor de los sentimientos puros y claros…” Libro Perdido de Rut y Noemí 2: 5-8
Pasó el tiempo desde la marcha de Dios y la tristeza se fue alejando. La nostalgia ya no era tan amarga y los recuerdos eran ahora alegres. Además, la esperanza de que su vuelta estuviese próxima aliviaba a todos y les hacía felices. Adán y Eva se hacían adultos y ya empezaban a hablar sobre el futuro de su descendencia y su responsabilidad ante el Creador. La tierra les había sido regalada para que la poblasen y ampliasen la gran obra de la Creación, para que creasen un mundo de los hombres. Rut y Noemí seguían cuidando de ellos y les aconsejaban y corregían pero también pasaban mas tiempo solas paseando por el Paraíso, jugando entre los árboles, nadando en los ríos o echadas sobre la hierba sin hacer nada y sin apenas hablar, únicamente disfrutando de la compañía de la otra. Cada vez les costaba mas estar separadas y cuando estaban juntas los abrazos, los besos en las mejillas, los roces distraídos, eran cada vez mas frecuentes y mas calculados. Un abrazo ya no duraba solo unos segundos y no era extraño verlas dormir una en brazos de la otra. Un atardecer, Rut llevó a Noemí a un lago rodeado de sauces. Era su lugar favorito. Nunca antes la había llevado allí porque para ella era un lugar especial donde refugiarse, pero aquella tarde el único sitio donde Rut deseaba refugiarse era en el cuerpo de Noemí. Vieron atardecer bajo uno de los sauces, que dejaba colarse los colores de las últimas horas del día entre sus ramas como si fuese el dosel de una cama. Noemí sentada entre las piernas de Rut sintió sus labios en la nuca y como con la nariz, Rut apartaba los mechones de pelo negro que le impedían besar la piel de su cuello. Agarrada a los brazos de Rut cerró los ojos y dejó que la besase en los hombros, la espalda, sintió las caricias de sus manos en sus brazos y en algún momento los dedos de Rut llegaron a sus pechos. Ambas se quedaron paradas casi sin respirar, temiendo y a la vez deseando lo que estaba a punto de pasar. Noemí temblaba esperando que Rut hiciese algo, aunque no sabía muy bien que era lo que quería que hiciese. Sentía la respiración entrecortada de Rut sobre su espalda y un escalofrío recorría su columna cuando su aliento cálido la rozaba. Noemí arqueo su espalda y su movimiento hizo que las manos de Rut apretasen aun mas sus pechos. Gimió y dándose la vuelta saltó sobre Rut. Sujetó su cara entre las manos mirándola como sino la hubiese visto nunca antes. Los ojos color miel de Rut, sus labios carnosos, su pelo castaño oscuro, corto y siempre despeinado. Noemí se acercó despacio a ella y Rut suspiró. Noemí era perfecta, su melena negra llena de rizos que caían por su espalda, sus ojos verdes, las curvas de su cuerpo. Ninguna de las dos podía soportar mas aquel calor que recorría su cuerpo y se hacía fuego entre sus piernas. Se besaron, se desnudaron, se abrazaron y acariciaron, sin saber muy bien ni la una ni la otra que hacer, hasta que el cansancio las venció y se abrazaron sudorosas y casi sin respiración cuando no faltaban mas de unas pocas horas para que el sol volviese a calentar su piel.
Eva resplandecía de felicidad, se pasaba el día sonriendo como en un sueño perpetuo y acariciando su vientre que cada día crecía mas y latía lleno de vida. Adán era su compañero perfecto, la cuidaba y mimaba a cada instante del día y no la dejaba sola ni un momento. Ambos habían sido testigos del amor que había nacido entre los ángeles y se alegraban profundamente de ver la felicidad de ambas. Para ellos era muy importante verlas felices, pues habían sido madres, amigas y protectoras. Un día Adán fue corriendo a buscar a Rut y Noemí. Llegaba riendo y saltando y se abalanzó sobre ellas para abrazarlas. Eva había dado a luz durante la noche, había nacido el primer hijo de los hombres y sus orgullosos padres no podían ocultar la alegría de tener a su primer hijo en brazos.
- No es posible. El primer hijo de los hombres nació fuera del Paraiso. Eva y Adán ya habían sido expulsados. - Tanya se aferraba tan fuerte a su espada que tenía los nudillos blancos.
- Es peor aun de lo que imaginaba. Este libro es como una sentencia de muerte. - Norna y Moira se miraron. Ahora mas que nunca sabían que aquello podía conducirlas al abismo. - Norna, tienes que ayudarnos a huir. Tanya y yo nos llevaremos el libro y buscaremos a los Guardianes expulsados. Solo ellos nos pueden ayudar a traducirlo.
- Y yo os protegeré con un ejército de ocultos.
- ¿Ocultos? - Tanya cada vez entendía menos.
- Los ocultos son ángeles expulsados que no tenían rango alguno, ángeles inferiores. No todos reniegan despues de perder sus alas y siguen ayudando a los Guardianes siempre que pueden.
- Hmm- Tanya gimió y agachó la cabeza. La mirada de Norna y de Moira no dejaba lugar a dudas. Iban a convertirse en renegadas, iban a cometer traición. O tal vez iban a liberar a los demás ángeles, a convertirse en la última esperanza de conceder la libertad a todos aquellos que como ellas amaban sin normas ni restricciones absurdas. Eran las protectoras del Libro de Rut y Noemí.
Karen Rodriguez Zapico
Karen Rodriguez Zapico
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