Y ver cada uno de tus suspiros en el vuelo de una mariposa...



sábado, 23 de octubre de 2010

EL HADA Y LA NIÑA

Hace mucho tiempo, había una niña pequeñita que viajaba por el mundo sin mas compañía que los recuerdos que iba acumulando de la gente que iba conociendo. Tenia un montón de recuerdos bonitos, otros algo mas tristes, los había divertidos e incluso algunos que daban un poco de miedo. Cada uno de ellos le servia para iluminar las noches que pasaba sola y hacerlas un poco mas agradables. La niña nunca permanecía demasiado tiempo en un lugar, al menos no el suficiente como para tener amigos de verdad o alguien a quien poder volver si se sentía demasiado sola. No había ni un solo lugar al que la niña pudiese llamar hogar. Eso la hacia sentirse triste pero, era mas fuerte el miedo a llegar a amar a alguien y perderlo, que el estar sola con sus recuerdos.
Fue pasando el tiempo y la niña seguía yendo de un lugar a otro, sin quedarse en ninguno de ellos, acumulando recuerdos de los lugares en los que estaba y los sitios que conocía. Hasta que un día, la tristeza dentro de ella se hizo tan grande que ninguno de sus recuerdos bonitos pudo hacerla retroceder. Entonces decidió que lo único que podía hacer era dormir y no volver a despertar. Así que, mientras caían los primeros copos de nieve, la niña busco un lugar donde descansar para siempre. Cuando la nieve ya casi cubría todo el suelo encontró una frondosa rosaleda, se echó sobre la nieve y temblando de frió se fue durmiendo.
Quiso el destino que en esa rosaleda viviese, tan solitaria como la niña, un hada del tamaño de una nuez y tan luminosa como una luciérnaga. Cuando aquel gracioso puntito de luz volvió a la rosaleda en medio de la noche, encontró a la niña casi muerta de frío. Se acercó poco a poco para mirar al intruso que se había dormido en medio de su rosaleda y vio la carita redonda y sonrojada de la niña. Una sonrisa dulce le iluminaba el rostro aunque no podía dejar de temblar. El hada pensó que tal vez lo mejor fuese cuidar de ella toda la noche para que la niña no muriese congelada y al día siguiente la convencería de que abandonase la rosaleda pues no quería compartirla con nadie. Lo que el hada no esperaba es que la niña no despertase con la llegada del día, ni al día siguiente, ni al siguiente. A medida que avanzaba el invierno el hadita cada día estaba mas preocupada por aquella niña que, a pesar de seguir viva, no parecía ir a despertarse nunca. Todas las noches el hada, en lugar de ir a alimentarse o a descansar, permanecía al lado de la niña dándole todo el calor que podía desprender su luz. El invierno avanzaba lento y el hada cada día estaba mas cansada y débil y por tanto, su luz también. El pobre hadita empezó a pensar que tal vez no podría aguantar todo el invierno y la niña acabaría muriendo de frió. Intentó cubrirla de hojas, o convencer a algún animal de que le diese calor por la noche, intentó sobretodo despertarla pero nada de lo que hacia servia de mucho. Así que, al final decidió que lo único que podía hacer realmente por ayudarla era permanecer a su lado aunque aquello le costase la vida a ambas.


Un día, cuando el hada ya estaba tan débil que ni siquiera era capaz de volar, la nieve empezó a derretirse y pequeños brotes rojos aparecieron por toda la rosaleda. Se alegró porque pensó que la llegada de la primavera tal vez hiciese despertar a la niña y esa noche hizo el último esfuerzo y con las pocas fuerzas que le quedaban iluminó y calentó las horas frías de la noche para la niña de dulce sonrisa. Con el último rayito de luz del hada, llegó la madrugada y con ella, la niña abrió los ojos por primera vez en mucho tiempo. Por desgracia el hadita ya no pudo escuchar su pequeño bostezo. Yacía inerte en la nieve cerca de la niña que al girarse y verla allí la recogió en sus manos. No sabia porque, pero sentía que en todo el tiempo que había dormido no había estado sola, que algo a su lado le había dado su luz y su calor y cuando vio al hada a su lado, la angustia la inundó. No podía ser que hubiese perdido a aquella criatura mágica que había permanecido a su lado sin saber siquiera si llegaría a despertar. Aquel ser que había dado toda su luz sin exigirle nada a cambio. Rompió a llorar, las lágrimas se deslizaban por su mejilla y caían sobre el hada. Una tras otra, sin que la niña se diese cuenta, las lágrimas caían sobre el cuerpecito que sujetaba en sus manos que poco a poco comenzó a moverse. Sin saberlo la niña estaba alimentando al hada porque así se alimentan ciertas hadas, convierten el dolor y la tristeza en pequeñas y calidas lucecitas. Sobretodo el dolor de los niños pequeños que lloran en soledad por la noches.La niña se dio cuenta de lo que pasaba al sentir un pequeño aleteo en sus manos y se quedó mirando al hadita pidiendo por favor, que al final no la dejase sola. Cuando el hada acabó de despertar, ella y la niña pasaron muchas horas hablando y al final ninguna de las dos quiso separarse de la otra. Construyeron una pequeña casita que siempre estaba llena de las hermosas rosas rojas de la rosaleda y allí vivieron durante años. Jugaban, cocinaban juntas las cosas que los animales del bosque y otras hadas les dejaban cerca de la puerta, se contaban historias de miedo y después reían porque ninguna de las dos podía dormir. Se escondían regalitos y notas por la casa y todas las noches el hada contaba un cuento y dejaba encendida su luz hasta que la niña se dormía. Después se iba a recoger los sentimientos tristes de los niños que vivían cerca de la rosaleda y cuando ya tenia suficientes volvía a casa para echarse a descansar en una cesta colgada encima de la cama de la niña. Así siempre estaba cerca de ella por si la necesitaba en medio de la noche oscura.
Vivieron juntas y felices muchos, muchos años hasta que un día, la niña, que ya era una ancianita de pelo blanco y dulce sonrisa infantil, y el hada se fueron a dormir. En medio de la noche la luz del hada y de la niña se apagó para siempre. Algunos niños dicen que esa noche dos estrellas fugaces cruzaron juntas el cielo.

 
Un gran rosal se alzaba cerca de la entrada del jardín: sus rosas eran blancas, pero había allí tres jardineros ocupados en pintarlas de rojo. A Alicia le pareció muy extraño, y se acercó para averiguar lo que pasaba...
(Alicia en el País de las Maravillas – El croquet de la Reina)

Karen Rodriguez Zapico