TANYA
Abrió los ojos intentando mantener la conciencia, no sabía cuanto rato llevaba allí tirada pero sabía que sino hacía algo pronto moriría. Solo veía montículos de nieve entre los árboles y algún pequeño arbusto que todavía no estaba cubierto del todo. Trató de levantarse pero no pudo. Se apoyó en los brazos y levantó medio cuerpo, respirando con esfuerzo. Delante de su cara su aliento formó una pequeña nube. Sus brazos temblaban por el frío y por el peso de su cuerpo. Moira agachó la cabeza y giró sus caderas para intentar ponerse de rodillas. Algo se movió delante de ella. Entre los árboles vió dos figuras que se movían de un lado a otro con rapidez. Eran dos lobos gigantes de pelaje gris que a la luz de la luna parecían seres de plata. No les tenía miedo, Moira era un Ángel nocturno, conocía a las criaturas de la noche y además a aquellos dos enormes y hermosos lobos ya los había visto días atrás. Estaba casi segura de que la estaban siguiendo pero no entendía porque. Intentó llamarlos. Si conseguía atraerlos y hablarles tal vez podrían ayudarla, darle calor, llevarla a algún sitio seguro. Pero en la tierra sus poderes no funcionaban. Moira lo sabía desde que sus alas habían dejado de volar a los pocos días de haber escapado de las Puertas. Había intentado llamar a Norna pero tampoco había podido. Los lobos no parecían escuchar sus angustiadas súplicas y una lágrima rodó por las mejillas de Moira. Intentó gritar pero de su castigada garganta solo salió un débil gemido. Los lobos no se acercaban así que decidió que lo mejor era intentar llegar hasta ellos. Comenzó a gatear. A los dos pasos sus brazos se hundieron en un pequeño pozo oculto por la nieve. Al sacarlos estaban llenos de arañazos y espinas pero casi no los sentía así que el dolor no le impidió seguir. Había captado su atención. Ahora ambos ejemplares la miraban. Sus ojos eran tan grises como su pelaje pero no había nada en ellos que pudiera hacer sentir a Moira preocupación. De algún modo sabía que no iban a hacerle daño solo estaban esperando una señal que ella no comprendía y que sin sus poderes no podía leer en sus miradas. Se concentró todo lo que pudo mientras avanzaba lentamente a gatas por el suelo cubierto de nieve. Su respiración se volvió mas lenta y mas profunda. A su alrededor empezaron a formarse remolinos con la nieve suelta que arrastraba el fuerte viento que se acababa de levantar. Las nubes corrían en el cielo a tal velocidad que no conseguían tapar la luna mas que unos segundos. Moira se detuvo y se concentro aún mas fuerte. Sabia que era su última oportunidad. Si fallaba estaba perdida, estaba agotando sus últimas fuerzas en un intento desesperado de comunicarse con los lobos. Miró fijamente a uno de ellos. “Sergei”. La voz de mujer le llegó a través de la mirada preocupada del animal. Había conseguido contactar con él. Pero ahora venía lo mas difícil, debía conseguir lanzar su voz a través del canal que había abierto. La inundó la rabia. Algo que para ella era tan natural como respirar ahora le parecía un trabajo enorme y casi imposible. Decidió ayudarse de esa rabia y lanzó hacia Sergei lo que apenas fue un gemido que la dejó sin fuerzas e inconsciente. Moira se moría.
Tanya intuyó mas que oyó la ultima palabra de Moira y saltó por encima del pequeño fuego en el que se calentaba tirando al suelo la taza a la que se había aferrado cuando Sergei había abierto el canal. La noche se había quedado de repente en silencio y un viento frío y fuerte se había desatado en apenas segundos. Había cerrado sus hermosos y grandes ojos, entre azulados y verdosos, para concentrarse mejor. No se oían los ruidos habituales del bosque y aunque fuera de noche, Tanya sabía que un bosque totalmente en silencio era un bosque en el que ocurría algo extraño. Se había criado en aquel lugar, conocía a sus animales, tanto a los del día como a los de la noche, a los cazadores furtivos, el sonido del arroyo, el viento en las ramas. Y en medio de aquel terrible vendaval lo único que podía oír eran los latidos de su propio corazón. Además aquel viento tenía una fuerza y arrastraba una energía que no era natural. Tanya supo que estaba pasando algo y aunque no tenía claro que podía ser, incluso antes de que Sergei la hubiese llamado, sabía que Moira no estaba bien. Se había quedado petrificada delante de las llamas sujetando la taza de café al oír la llamada del lobo. Nicolai el otro gran lobo gris intentaba enviarle una imagen de lo que estaba viendo pero Tanya no le dejó. Moira intentaba comunicarse con ellos. “Se llama Sergei”, Tanya sintió que el canal era tan débil que a Moira solo le había llegado la última palabra. Esperó casi sin respirar. Ni siquiera se había recolocado la capucha de la capa cuando el viento se la había arrancado de la cabeza y ahora sentía como si su rostro estuviese atravesado por miles de pequeñas agujas. “Ayúdame”. Una débil palabra apenas pronunciada y el canal con Moira había desaparecido. Entonces había salido corriendo sin saber muy bien hacia donde. Debía llegar a Moira. Las órdenes eran claras, cuidar al Ángel Guardián. Y aunque no hubiese órdenes o las órdenes hubiesen sido las contrarias, Tanya no podía dejarla morir. Sabía que Moira había escapado y que tendría que pagar por ello pero un Ángel Guardián no podía morir congelado en medio del bosque. No en su bosque. Había estado vigilando a Moira desde que había llegado. Antes de que la hubiesen mandado vigilarla. La había visto acariciar la nieve, jugar con los copos, bailar entre ellos. La había visto desprenderse de la capa de terciopelo que era su único abrigo para cubrir con ella a dos niños que se habían extraviado en el bosque. La había visto reír con cada cosa nueva que encontraba y la había hecho sentir como hacia años que no se sentía. Tanya había recordado sus propias sensaciones cuando la habían nombrado Custodio y la habían enviado a aquellas áridas tierras a velar por las almas perdidas y guiarlas hacia las Puertas. La había sobrecogido la belleza del lugar a pesar del frío. Los lagos helados, la danza de la nieve, la calidez de las gentes. Todo lo que ya no podía ver porque estaba tan acostumbrada que se había hecho invisible a sus ojos, Moira sin saberlo, se lo había mostrado de nuevo. Pero ella ya conocía a Moira de antes. Conocía la enorme belleza del Guardián, la fuerza de su alma y la severidad con la que cumplía su tarea. Y también su compasión y su calor. Había llevado miles de almas hasta ella, se había llenado miles de veces con el calor de su sonrisa y había sentido el miedo cuando la había visto desatar su furia contra algún alma impura que intentaba cruzar las Puertas. Miles de veces frente a ella cuando acompañaba a los extraviados y Tanya no estaba segura de que Moira supiese quien era ella. Una extraña punzada de dolor la atravesó pero también la devolvió a la realidad, Moira se moría en alguna parte. Corrió aun mas rápido mirando sobre su cabeza para encontrar un hueco lo suficientemente grande. Pero en aquel maldito bosque los pinos eran altos y frondosos. No tenía espacio suficiente.
- ¡Lazarov!- La llamada de Tanya resonó en el silencio del bosque y apenas unos segundos mas tarde el chillido del halcón la guiaba hacia un claro, no era muy amplio pero tendría que servir. Tanya entró en el claro como un vendaval y se lanzó contra el tronco de un árbol apoyando un pie en él para coger impulso y saltar hacia arriba. El claro era realmente pequeño, mas de lo que había previsto y en pleno salto se golpeó la cabeza con una rama que no consiguió esquivar. A pesar del golpe Tanya siguió subiendo saltando de rama en rama pero aquello no hacia mas que ralentizarla. Cada vez era mas difícil encontrar una rama donde apoyarse y todavía no tenía suficiente espacio entre las copas de los árboles. Debía llegar un poco mas arriba. A lo lejos oyó el aullido angustiado de Sergei y vió la imagen pálida y casi sin vida de Moira que Nicolai envió a su cabeza. Lazarov chilló mientras daba vueltas en círculo esperando para llevarla hasta el Ángel Guardián. Estaba a media altura y las ramas de los árboles ya no estaban tan pegadas y empezaban a verse pequeños huecos entre ellas aunque ninguno lo suficientemente amplio para tratar de volar a través de él. Otro chillido de Lazarov. El halcón estaba muy inquieto. Tanya siguió trepando por las ramas cada vez mas rápido pero resbaló y al agarrarse al tronco para no caer, bajó unos centímetros rozándose el costado contra la dura corteza. Mas tarde seguramente aquello le resquemaría un rato. Nicolai penetró en su mente con otra preocupante imagen de Moira. Sergei estaba a su lado pero sus labios se veían amoratados y no percibía ningún movimiento que pudiese indicar que seguía respirando. No esperó mas. Desplegó sus alas negras en pleno salto, subió entre las cañas arañándose la cara y los brazos y sintió como su ala izquierda se enganchaba pero en lugar de parar tiro hacia arriba con mas fuerza. La punzada de dolor la dejó sin respiración pero siguió subiendo mientras algunas plumas brillantes como el azabache caían lentamente hasta posarse en la nieve. Al llegar a cielo abierto sintió una ráfaga de frío aire que la golpeó y la hizo retroceder pero se lanzó hacia delante con fuerza. Tanta que no llegó a ver la copa de un pino ligeramente mas alto que el resto justo delante de ella hasta que casi se estrelló contra él. Siempre había sido torpe pero los nervios le estaban jugando una mala pasada. Si a Moira le pasaba algo sus superiores la harían responsable, además aunque Tanya no lo quisiese admitir, amaba al Ángel con todas sus fuerzas. Estaba enamorada de Moira desde que no era mas que un cadete de las fuerzas de los Custodios y acompañaba a su Capitán a recoger y entregar almas al Ángel. La primera vez Moira prácticamente ni la había mirado, al fin y al cabo solo era un custodio. La segunda la había llamado “chico torpe” y Tanya se había atrevido a replicarle diciéndole que no era un chico. Moira era entonces un ángel guardián altivo y orgulloso y Tanya sintió miedo del castigo que seguramente le impondría. Pero se equivocó. Moira solo era así con los que intentaban ganarse su confianza y se pasaban el día adulándola. Se acercó a ella, le pidió perdón y pasó una mano por el cabello corto y anaranjado de Tanya. Aquella caricia la acompañó siempre en sus primeras noches en la Tierra. Después se impuso la Ley del Silencio entre los Guardianes. Nadie podía hablarles ni ellos podían hablar a nadie. Y Tanya vió de lejos y en silencio como esa absurda imposición, y la escasez de almas perdidas las sumía en la soledad y empujaba a Moira a los brazos de Norna y a Norna a los de Moira. Se había levantado la prohibición y las almas volvían a las Puertas, pero Moira ya no podía ser feliz allí. Lazarov y los aullidos de Sergei la devolvieron al presente. El halcón sobrevoló el bosque sin dudar con Tanya tras él y al acercarse al lugar donde esperaban los dos lobos se lanzó en picado en un vuelo suicida. A Tanya le lloraban los ojos por el viento y casi no veía lo que tenía delante. En el último segundo, Lazarov, remontó el vuelo esquivando el golpe contra el suelo. Tanya no tuvo tantos reflejos y frenó contra la nieve a escasos metros de Moira y los lobos que se habían echado a su lado para darle calor. Sergei y Nicolai la miraron fijamente y Tanya pensó que si los lobos pudiesen reírse en ese momento se estarían riendo de ella. Se sacudió la nieve de encima meneando la cabeza. Lazarov estaba posado en una rama cerca de ellos. Moira estaba dormida. Parecía débil pero había recuperado el color. No se estaba muriendo. Con el ceño fruncido miró a los tres animales. Moira suspiró en sueños. Tenía la misma expresión tranquila y confiada que un bebé en brazos de su madre. Ahora si que estaba segura de que se estaban riendo de ella. A su cabeza le llegaron imágenes enviadas por sus tres amigos. Todas eran de niños riéndose tras haber hecho alguna travesura. Aquellos bichos desagradecidos se habían burlado de ella. Sentada en la nieve se dejó caer hacia atrás y se quedó allí echada. Faltaba poco para el amanecer y debía llevar a Moira a un lugar mas sombrío pero de momento podía dejarla descansar un poco mas. Lazarov se posó sobre su estomago y lanzó una disculpa a su mente. Nicolai y Sergei aún no se habían cansado de reírse.
Tanya despertó un par de horas mas tarde con los nervios de punta, casi enterrada en la nieve y con la sensación de que debían salir de allí cuanto antes pero sin saber muy bien porqué. Lazarov chilló por encima de su cabeza y Sergei y Nicolai se removían incómodos. Amanecía. Se levantó de un salto, se sacudió la nieve y fue hasta Moira. Seguía profundamente dormida así que la cogió en brazos tratando de no despertarla y desplegó sus alas con suavidad. Le dolía ligeramente el ala que se había enganchado y empezaban a resquemarle los arañazos, pero debían ir a un lugar seguro. La luz del sol no es buena compañera para los ángeles de la noche ni siquiera en aquel país de oscuridad y nieve. Había mas horas de noche que de día pero aún en aquel oscuro paraje, los débiles rayos del sol podían hacerles daño. Tanya lo sabía bien y la cicatriz, que, después de tantos años, aun quemaba su espalda en algunas ocasiones era un buen recuerdo de lo que el sol podía hacerles. Calculó la distancia hasta su pequeña cabaña y el peso de Moira y decidió que con el sol saliendo a su espalda podría llegar. No sería lo mismo tenerlo de frente cegándola, en ese caso no se arriesgaría y buscaría otro lugar. Así que llamó a Lazarov para saber exactamente hacia donde debía volar. El halcón dio un par de vueltas y se quedó planeando mirando hacia el Oeste. Perfecto, justo en dirección contraria al sol y como había calculado, no le llevaría mas de unos pocos minutos. La parte mala es que no sabía si tendría ese tiempo, ya había demasiada claridad. Entrecerró los ojos para que no le hiciese daño la luz, acomodó a Moira en sus brazos y se elevó despacio pensando en su accidentado despegue anterior. Moira se revolvió pero no llegó a despertarse, suspiró y escondió su cabeza en el cuello de Tanya rehuyendo de la inminente claridad. Tanya cruzó el cielo todo lo rápido que pudo mientras tras ellas amanecía, y llegó a su refugio cuando los primeros rayos del sol calentaban sus alas. Un ligero olor a quemado le llegó desde su espalda. Seguramente alguna de sus plumas pagaría las consecuencias de no haber vuelto antes a casa. Resopló mientras se posaba suavemente delante de la puerta de la cabaña y la empujaba para entrar. Pensó en su instructor cuando aún era una simple cadete. Una sonrisa asomó a sus labios. El pobre hombre se había pasado mas tiempo sufriendo por su alumna que enseñándola. Se había caído cien mil veces, se había herido con su propia espada otras tantas, se pasaba el día tropezando y no había aterrizaje ni despegue que para ella no fuese un auténtico suplicio. Sus alas siempre estaban magulladas y a menudo, sus plumas parecían envejecidas y sin brillo porque nunca conseguía ser lo suficientemente rápida cuando los hacían entrenar. Un amanecer cuando todos los cadetes esperaban la señal que marcaba el inicio de la carrera contra el sol, Tanya se enredó con la rama de un árbol, o eso le pareció al principio. Nadie vió nada o si lo vieron no lo dijeron. Los instructores dieron la señal y todos los ángeles salieron volando para evitar que los rayos del sol los alcanzasen, pero ella no conseguía soltarse y la claridad era cada vez mayor. Luchó desesperada y al final consiguió romper su túnica y emprender el vuelo. Pero el sol ya asomaba tras la colina y además estaba casi desnuda. Llegó a los instructores, que la esperaban con preocupación a punto de enviar a los ángeles del día a buscarla, en el último segundo y con una herida impresionante en la espalda. Un rayo de sol la había alcanzado, una cicatriz ardiente que la acompañaría toda su vida y le cruzaba en diagonal la espalda desde el hombro derecho hasta morir en su cadera. Su túnica apareció amarrada al árbol pero nunca se supo quien había sido. Tanya tampoco quería saberlo, no quería que el odio que sentían algunos de sus compañeros le envenenase el alma. Nunca fue buena alumna pero contaba con el apoyo de los instructores y eso molestaba al resto pero ella no entendía porqué la odiaban de aquella manera. Mas tarde supo que alguien había hecho correr el rumor de que aún siendo mala alumna la habían propuesto para ser Custodio. Un privilegio reservado solo a los mejores alumnos y no todos los mejores lo conseguían. Tanya no se creyó el rumor pero el resto si, y ninguno creía que aquel ridículo y torpe ángel se lo mereciese. En clase se distraía con cualquier cosa, no era capaz de prestar atención durante mas de diez minutos y nunca sabía la respuesta a lo que le preguntaban. Tanya se había graduado casi tres meses mas tarde que resto de sus compañeros, pero su torpeza se compensaba con su enorme capacidad para escuchar y consolar a las almas perdidas, para guiarlas hacia las Puertas. Y así fue como el rumor se convirtió en nombramiento y Tanya en un Custodio. Su ternura, su capacidad de entender el dolor y aliviarlo, su compasión y su enorme capacidad para amar todo lo que la rodeaba fueron suficientes para los instructores. Era alegre y siempre estaba sonriendo y animando a todo aquel que le pidiese ayuda. Su sonrisa era cálida y dulce como un abrazo y en su mirada un brillo travieso hacía sentir mejor a quien acudía en busca de ayuda. Ella había nacido para ser Custodio, lo era por vocación y no por entrenamiento. Ningún alto mando se había opuesto a su nombramiento. Solo algún compañero había protestado pero en realidad como nadie quería ir donde la habían destinado, pronto se olvidaron del tema y la recibieron como una mas, no sin antes cortarle el pelo mientras dormía y dejar reducida su larga melena a cuatro pelos de punta. Nunca mas se lo dejó crecer. Tanya pensó que en realidad no había tenido demasiados amigos. No caía bien a sus compañeros porque siempre la habían considerado débil y demasiado sensible. Sus compañeras la evitaban y preferían no hablar con ella. Y los únicos que siempre estaban cerca de ella eran una cría de halcón y dos lobeznos que había rescatado de los furtivos en una visita a los bosques con su instructor. Pero era feliz. No tenía mas que una pequeña cabaña, a esos tres bichejos retorcidos y la satisfacción que le provocaba ayudar a las almas a conseguir el descanso que tanto merecían. No necesitaba nada mas, pero en aquel momento con Moira pegada a su cuerpo…Tanya volvió al presente con un movimiento de cabeza. Estaba plantada en medio de la cabaña con Moira en brazos sin saber muy bien donde dejarla. Si hubiese sabido que iba a tener visita, hubiese recogido un poco. Al final la llevó al sofá, apartó un montón de mantas y cojines, los tiró al suelo y la echó allí. Se giró, comenzó a evaluar el pequeño desastre que era en aquel momento su salón y gimió. Le llevaría horas limpiar aquello. Sus horas de sueño. Sergei y Nicolai, enroscados delante de la chimenea la miraban con burla. Lazarov apoyado en el perchero chilló. Tanya cerró por instinto el canal por el que se comunicaba con ellos. No quería ver ni un solo niño más riéndose.
Moira fue despertando poco a poco de un pesado sueño. Se sentía dolorida y cansada pero al menos ya no sentía frío. Trató de abrir los ojos pero vió claridad frente a ella y temió que fuese el sol. Enseguida se dio cuenta de que no podía ser, sino estaría ardiendo. Sentía calor, pero no el dolor que habría sentido a la luz del día, era un fuego. Abrió un solo ojo y vió frente a ella una pequeña chimenea y a los dos lobos durmiendo cerca de las llamas. Solo sabía que uno de ellos se llamaba Sergei y que la habían estado cuidando pero no sabía nada mas. Pensó en abrir el otro ojo para ver mejor pero se sentía sin fuerzas para hacerlo y justo entonces algo se movió cerca de ella. Moira se incorporó despacio para poder ver mejor al ángel. Era un Custodio. Las alas negras, aunque en aquel caso no demasiado majestuosas, el tatuaje de su brazo izquierdo que dibujaba una cruz con la que marcaban a los cadetes que se graduaban, y sobre ella una Flor de Lis, símbolo de los Custodios. Y aquel pelo anaranjado. Sobretodo aquel pelo siempre de punta que le daba un aspecto travieso e infantil. Tanya. Moira la hubiese reconocido en medio de la nada desde el día mismo en que al confundirla con un chico se había girado y le había dicho algunas cosas no demasiado oportunas para su rango. Y después aquella sonrisa, dulce y tierna que se grabó en el corazón de Moira para siempre. Contuvo una sonrisa y se sentó en el sofá con las piernas cruzadas mientras la veía ir de acá para allá sin darse cuenta de que la observaba. Sin duda Tanya. Solo ella podía montar aquel desastre de camisas, sombreros, botas y cojines y mantas, y tratar de recogerlo todo a la vez y en medio segundo. Se enroscó el pie en una manta y estuvo a punto de irse al suelo. Moira aguantó la carcajada. Trató de ponerse seria para ver la reacción de Tanya al verla despierta pero al cabo de un rato allí sentada se cansó. Sin decir nada, mordiéndose el labio para no reírse, mientras Tanya corría de un lado a otro, Moira se levantó y manteniéndose siempre a su espalda para que no la viese se acercó a ella.
- Chico torpe.- Tanya gritó, saltó y se giró enrojeciendo y ocultando a su espalda un montón de ropa sucia. Moira se cubría la sonrisa con las manos mientras se ponía de puntillas y se inclinaba por encima de su hombro para poder ver lo que escondía tras ella. - ¿Aún no has aprendido a recoger tus cosas?
- No… yo, es que…- Tanya suspiró avergonzada y apartó la vista. No sabía donde meterse pero juntó el poco valor que le quedaba y mirando a Moira de frente sonrió. Moira no pudo con aquella sonrisa. Se lanzó en sus brazos y se apoyó contra ella. Tanya soltó la ropa y la abrazó. Casi sin darse cuenta enredó sus dedos en la melena de Moira y con el otro brazo alrededor de su cintura la apretó contra su cuerpo. Podía sentir cada curva del cuerpo de Moira, el calor de su piel, su olor. Tanya estaba a punto de hacer una locura pero estaba cansada y Moira era dulce y cálida y en la mente de Tanya se formó sin poder evitarlo una imagen de ambas abrazadas y desnudas durmiendo en su cama. Su frente estaba apoyada en la de Moira, que era ligeramente mas baja, y Tanya giró levemente la cabeza y se inclinó hacia su cuello. Cuando estaba a punto de besarla Moira se removió.
- Gracias. Si no hubieses estado cerca…– Moira temblaba y Tanya sintió una lágrima bajando por su cuello. La abrazó mas fuerte y la cogió en brazos para llevarla frente a la chimenea. Se sentó en el suelo con Moira entre sus piernas y Sergei y Nicolai al lado. Moira soltó una risita apoyada en su hombro. Se incorporó se secó las lagrimas y se fijó en las alas de Tanya
- ¿Qué te ha pasado? Tus plumas están quemadas.- Moira acarició una pluma con suavidad.
- Me quedé dormida. Casi nos coge el sol.- Moira volvió a poyarse sobre su hombro y se quedó mirando al fuego. Hacía tiempo que no se sentía tan bien cerca de nadie pero Tanya siempre la había hecho sentirse bien, no era extraño en ella. Lo extraño era las ganas que había sentido de besarla. Sentirla tan cerca, el calor de su respiración en el cuello. Moira se había movido para acercarse aun mas a ella pero Tanya la había cogido y la había llevado a la chimenea. Al menos, pensó Moira, no se había dado cuenta de porqué temblaba realmente.
Dibujo y texto: Karen Rodríguez
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