Y ver cada uno de tus suspiros en el vuelo de una mariposa...



miércoles, 21 de abril de 2010

Lirios

Hubo una vez, o tal vez en realidad nunca lo hubo, dos lirios. Dos hermosas flores que crecieron juntas en medio de la mala hierba que se apoderó de lo que un tiempo había sido un frondoso jardín…Mentira.
Nunca. Nunca hubo un hermoso jardín ni las dos flores crecieron juntas porque las separaron y las obligaron a vivir lejos, encerrada una en un manicomio y la otra en un jardín amurallado donde una criada la dejaba por las mañanas y la recogía por las noches. En un jardín de altos muros donde apenas llegaba la luz del sol y como única salida tenía una vieja y chirriante puerta de hierro cerrada con siete llaves, todas ellas colgadas de las faldas de la silenciosa criada. En medio había un pozo tapado con una piedra de mármol y una fuente que no echaba agua y en la que se acumulaba verdosa y putrefacta la lluvia. Tristes enredaderas secas intentaban escapar trepando por los muros del jardín.
El jardín de los lirios, el jardín de su madre, donde este lirio atrapado y aquel otro lirio de cabellos castaños y sonrisa de campanilla, se escondían bajo las ramas de un sauce y compartían besos furtivos y caricias esquivas. Donde una noche de luna blanca cayeron al suelo las sedas de sus vestidos y se hicieron lecho sus ropas y sus cuerpos suaves bailaron danzas locas y prohibidas. Y se llenó el aire de susurros y jadeos, y del olor de sus pieles y del sabor de sus bocas. Noche tras noche se escapaban a aquel lugar secreto que era solo de ellas y en el que solo ellas podían ser felices. Años antes su padre lo había cerrado al morir su madre y nadie lo cuidaba ahora por eso nunca fue un bonito jardín, pero sí un lugar feliz.
Se pinchó el dedo con las espinas de un rosal moribundo. De la blanca yema empezó a brotar una gota de sangre que cayó sobre una baldosa rota. Se llevó el dedo a sus labios rojos y una lágrima rodó por una mejilla pálida. No eran sus ojos mas verdes que la hierba, aunque lo había escuchado muchas veces, ni su pelo brillaba como el azabache aunque su doncella se lo dijese todos los días, ni era hermosa lejos de su amado lirio.
Ese lirio de ojos del color de la miel y dulce voz. Ese lirio que corría a buscarla por las mañanas y paseaba agarrada a su brazo siempre sonriendo y llenándolo todo de luz a su paso. Ese lirio al que un día prometieron con un hombre al que no amaba y nunca amaría y corrió a buscarla y la arrastró al jardín para compartir con ella lo que no quería compartir con nadie mas. Y entre lágrimas y promesas se entregaron la una a la otra y esa noche su baile se hizo desesperado y exigente y los besos se hicieron mas profundos y las caricias se clavaban en la piel y les dolía el cuerpo de querer permanecer juntas siempre.
No hubo “siempre”. No hubo jardín hermoso. Ni los lirios crecieron juntos, ni siquiera volvieron a verse. El amor nunca puede ser pecado cuando es correspondido y respetuoso. Pero las leyes de los hombres son inquebrantables y las llamaron pecadoras, las acusaron de estar locas, enfermas. Ahora los lirios lloran lágrimas de rocio cada una encerrada en su propia soledad, que se retuerce y muerde los rincones donde los recuerdos se esconden y gritan de miedo.

 
Dos lirios uno de colores vivos y otro de colores suaves, crecían juntos en un hermoso jardín….
Y nadie fue feliz, ni comió perdices.

NOTA: Otra vez debo dar las gracias a Martha por servirme de inspiración...
Pintura: Martha Barreiro Román, Texto: Karen Rodriguez Zapico

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