Me senté tranquilamente, mas o menos en el mismo asiento de siempre. Mi cabeza era un permanente batir de olas que traían y arrastraban el recuerdo de mi ex novia oprimiéndome el estómago y haciéndome removerme intranquila en el ya de por sí, incómodo asiento de tren. Demasiadas cosas en la cabeza. Demasiados recuerdos que cada vez se pudren mas, demasiada gente diciendo que ya es hora de olvidar, demasiados buenos momentos que de repente se aferran a las paredes de la memoria y se niegan a abandonar. Respiré hondo y traté de poner orden en mi cabeza. Hacía menos de veinticuatro horas antes había tenido la peor recaída desde mi ruptura, que no era precisamente reciente, mas de un año atrás. Fue como haber estado en un sueño permanente un año entero y de repente despertar y ver que toda tu vida está destrozada, como si te hubiesen bombardeado miles de aviones, y lo único que puedes hacer es intentar salir adelante o, al menos, empezar a caminar y salir de la ciudad en ruinas que es tu corazón.
Para intentar entretenerme mi mejor amiga me había acogido en su casa el día antes cuando se me cayó el mundo encima sin razón ni motivo aparente y habíamos dedicado un rato a una sesión de psicología casera según la cual acabamos llegando al acuerdo de que ni mi ex iba a volver, ni era la mujer de mi vida y ya era hora de pasar página. La supuesta mujer de mi vida estaba mas o menos cerca de aparecer y debía llevar puesto algo marrón la primera vez que la viese porque ella lo había soñado. Todo eso acompañado con un listado de todas las cualidades que yo siempre busqué en la persona con la que compartir mi vida y que íbamos diciéndonos en voz alta mientras nos inventábamos entre las dos a mi mujer perfecta. Es algo que hacemos a veces para recordarnos lo que de verdad queremos conseguir y no lo que en ese momento creemos que queremos. Llegamos a la conclusión de que mi alma gemela debía ser inteligente, divertida, madura, dulce, sensual, apasionada, algo tímida, una persona leal y fiel, con ganas de empezar una historia encaminada a compartir un futuro y no solo unos meses de cama. Y cuando mas hundida estaba y mas me ahogaban mis lágrimas, en algún momento, en medio del absurdo de aquel listado de virtudes, me quedé sin voz y sin ganas de llorar y me di cuenta de algo que hacía tiempo que sabía y no quería admitir. No quería que volviese. Sencillamente ya no estaba enamorada y ella me había decepcionado tanto y me había hecho tanto daño que ya no la quería mas a mi lado. No tenía nada de lo que yo buscaba en mi pareja perfecta y lo poco que tenía lo había matado con mentiras y mas mentiras. Desengaño tras desengaño me había alejado de ella y lo único por lo que yo lloraba era el espejismo de la felicidad que habíamos compartido al principio y de la que ya no quedaba nada. No se porque razón nos aferramos a recuerdos y buenos momentos que no nos dejan salir adelante y son como pesos amarrados en nuestras piernas que nos impiden avanzar y nos mantienen presas en un momento de nuestra vida que, en el fondo, sabemos que no va a volver porque aunque esa persona regresase a nuestro lado, no lo haría la felicidad.
Y ahí estaba yo al día siguiente en el tren esperando que saliese de la estación para llegar a mi casa y meterme en la ducha, con los últimos recuerdos de mi antiguo amor arañando la superficie y clavando las uñas para que no los arrastrase la marea. Y entonces sonreí. Sin mas. Cuando la ví entrar en el tren sonreí. En menos de un minuto tuve que reprimir una carcajada y un poco mas tarde, las ganas de gritar me estaban volviendo loca. Entró con su madre, su hermana y un carricoche. Era morena y llevaba un “plumas” marrón y beige, el pelito cortado por debajo de las orejas y recogido detrás de ellas y tenía unos ojos marrones preciosos. Cada vez que se le escapaba algún mechón de pelo de las orejas y se lo llevaba hacia atrás con sus dedos me volvía loca imaginando lo suave que podía ser. No dejó de mirar al carrito donde iba la que supongo tiene que ser su sobrina. Verla sonreír al bebé me produjo una sensación cálida y suave por toda la piel, muy dulce. A esas alturas yo estaba fuera de mi misma, viéndome desde el techo con cara de idiota y esa sonrisa permanente de quinceañera enamorada imposible de borrar. Me miró, o eso me pareció porque el requisito de ser un poco tímida lo cumplió a la perfección y cada vez que nuestros ojos se encontraban volvía la cabeza. La ví morderse los labios un par de veces, con la consecuente sacudida en todo mi cuerpo, la ví mirar de reojo desde el reflejo del cristal, llevarse el mechón rebelde de pelo detrás de la oreja, sonreírle al bebe,... y entonces llegamos a su parada, no mas de diez minutos de trayecto. No puedo explicar ni saber en que momento de mi vida me volví tan rematadamente loca como para que una total desconocida me hiciese sentir como me sentí en ese espacio de tiempo tan inmensamente corto. Así que seguí sentada en aquel tren, camino de mi casa, concentrándome en olvidarme de mi ex y dándome cuenta de que me resultaba mucho mas fácil apartar a mi viejo amor de mi cabeza, que dejar de pensar en la desconocida.
Sentada en el mismo asiento de siempre, en mi cara ese día nacía una sonrisa...
Casualidades de la vida, o no. No fue la única vez que la ví. No se si porque empecé a fijarme en ella o porque ella se aficionó a coger el tren. Y desde ese mes de Noviembre, no demasiado frío, ni lluvioso, ni especialmente deprimente como cabría esperar de cualquier novela dominada por la cosas del destino, no ha pasado ni una semana en la que no la haya visto al menos una vez. Y todas y cada una de esas veces, ahora sí que estoy segura, el viaje se convirtió en una danza de miradas que se esquivan pero no se pueden reprimir. Buscándonos, cuando no podíamos mirarnos de frente, en el reflejo de algún cristal o entre las cabezas de la gente, apoyando nuestras propias cabezas en la ventana en posturas no siempre cómodas, mordiéndonos los labios y tapándonos la boca con la mano para ocultar alguna sonrisa. Y así ha pasado casi medio año de mi vida, en el que mi mejor amiga ha dejado de hablarme, mi ex se ha convertido en mi único apoyo y cada día cojo el tren esperando ver esa mirada dulce que me busca y a la vez me esquiva y esa sonrisa que hace que se me acelere el corazón y no pueda pensar en otra cosa. Aunque pueda parecer el argumento de alguna película romántica es la pura realidad y al final, imagino, un día desaparecerá, o yo rearé mi vida y la iré apartando de mis pensamientos poco a poco. Pero nunca mas, jamás, podré coger el tren sin esperar verla cuando se acerque a su parada. 
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