EL PECADO DE JULIETA
Dame a mi Romeo y, cuando muera, tómalo,
y haz de sus pedazos estrellas diminutas que iluminen el rostro del cielo…,”
En medio del extraño patio acristalado, al que se accedía desde un túnel con paredes repletas de rosales secos y espinosos, había una fuente con algunas hojas amarillentas pegadas en sus laterales. No corría el agua en esa fuente, ni siquiera quedaba algún pequeño charco que indicase que alguna vez hubiese corrido. Las baldosas del patio estaban rotas y algunas raíces asomaban entre sus grietas. La pálida luz de la luna entraba por una cristalera llena de agujeros e iluminaba levemente la lúgrube estancia. En casi todas las esquinas había telas de araña y sus moradoras eran casi del tamaño de la blanquecina mano infantil que jugaba con ellas, ajena al daño que sus negras mascotas pudiesen causarle. La risa del pequeño y pálido infante llenaba el silencioso patio con el sonido de miles de pequeñas campanillas mientras permanecía de cuclillas entre la fuente y un columpio que colgaba de las tristes ramas de un árbol desnudo, viendo como sus venenosas amigas correteaban entre sus pies, lo rodeaban y se subían por su cuerpo haciéndole cosquillas. Sentada en un columpio, casi totalmente oculta por un velo negro se balanceaba una dama, de piel pálida, negros cabellos y labios rojos. Su belleza era etérea. Su piel blanca resaltaba bajo los rayos de la luna, que sacaban de los mechones de pelo negro reflejos de plata. De los labios rojos como la sangre escapaba casi en un susurro una nana de notas tan melancólicas que helaban la sangre. Se balanceaba la dama y cantaba al pequeño, que seguía jugando con las enormes arañas, mientras entre sus pálidas manos sujetaba un libro que por descuido resbaló y cayó al suelo en un batir de hojas y levantó de la baldosa algunas hojas secas y el polvo de la tierra que se colaba entre las grietas de las baldosas. El tiempo se paró cuando el ruido del libro al caer llenó el patio. El niño giró la cabeza y frunció el ceño mirando las tapas abiertas del objeto que había interrumpido su juego. Como si de una orden silenciosa se tratase los arácnidos se alejaron del pequeño y volvieron al frágil refugio de sus telas de araña. El niño permaneció en cuclillas con la mirada fija en la dama, que había detenido el columpio y con la cabeza agachada y las manos aferradas a las cuerdas que sujetaban el columpio al árbol, se mantenía silenciosa. Una lágrima se deslizó por la pálida mejilla de la joven y cayó al suelo. El silencio era tal que el sonido de esa minúscula gota reverberó en toda la estancia. A esa lagrima, la siguió otra, y otra mas, y al final, una sinfonía que recordaba a un día de lluvia resonó dentro del patio. El niño se levantó y recogió el libro del suelo. Sacudió el polvo de las envejecidas tapas y con un dedo repasó las letras doradas: “Romeo y Julieta”. Se lo tendió a la dama que levantó la cabeza y poco a poco dejó de llorar. La lluvia de lágrimas fue cesando y su sonido dejó paso al eterno silencio. Sonrió, se enjugó las lagrimas y recogió el libro cruzando las pálidas manos sobre su regazo. El niño rodeó el columpio y lo empujó para que la dama volviese a balancearse. Después volvió a ponerse de cuclillas entre la fuente y el columpio y empezó a jugar con unas piedrecitas hasta que la dama volvió a susurrar su triste nana mientras se columpiaba. Poco a poco las arañas salieron de su escondite para volver a jugar con su pequeño amo. Las paredes del patio, con sus grietas y cubiertas de rosas negras, los suelos de baldosas rotas, la desvencijada cristalera, la fuente que nunca volverá a dar agua. Todo esto es lo que vemos al darnos la vuelta para salir de nuevo por el túnel y dejar en la soledad de sus pensamientos a los dos pálidos seres que habitan el patio. En medio de la fuente, como único adorno del desolado lugar hay reloj de arena. cuando toda la arena caiga, la dama volverá a perder su libro, el niño volverá a enfadarse, las arañas huirán de nuevo. Y de nuevo la dama recuperará su libro, el niño sus arañas, el patio las notas de la lúgubre nana. Siglos, milenios, con cada vuelta del reloj de arena comenzará de nuevo la eterna danza, hasta que llegue el día que su cristal se rompa y su arena se esparza por la seca fuente y las dos almas atrapadas desaparezcan para siempre. Entonces las paredes del patio se vendrán abajo, las baldosas saltaran de la tierra, los cristales estallaran en miles de trocitos y lloverán sobre el patio como pequeñas gotas afiladas. No las toques o beberán tu sangre y te atraparan a ti también y construirán para ti tu propio patio encantado. Soy el hijo no nacido de Romeo y Julieta, condenado por mi madre suicida a vivir en la pálida luz de un patio seco, acompañado solo por el alma muerta de mi madre y la arañas hasta que el cristal del reloj se rompa y pueda por fin descansar en paz.
Karen Rodriguez Zapico
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