La locura de Desdémona
te besé.
Ahora, antes de morir... en la sombra
donde yazgo...otro beso... otro beso...
¡ah!... un último beso..."
Entre las altas paredes de un viejo castillo mora una dama que vaga por largos pasillos iluminados solo por los claros de luna. Por este mundo de colores grises y azules, camina la joven dama buscando un pañuelo que por su amor le fue entregado y por un traidor robado. Camina vestida con los restos de su vestido de novia, hecho jirones por el paso del tiempo, los cabellos sueltos flotan a su alrededor y la envuelven. Blanca es su piel y oscuras las profundidades de sus enloquecidos ojos. Siempre va cantando una dulce y triste canción que se mezcla con el viento y a través de las ventanas llega al bosque cercano como el canto de una sirena. Camina sin rumbo pero sus paseos siempre la llevan al mismo lugar, al final del mas largo de los largos pasillos. Allí, tras la doble hoja de una pesada puerta de madera labrada, hay una estancia iluminada siempre por las antorchas y las velas que arden en los candelabros. La mortecina luz de las llamas baila con las sombras en las paredes de piedra que forman un circulo y suben hasta el techo abovedado, en el que se unen las seis columnas que hay en la estancia. No hay mas ventanas que una pequeña cristalera en un lateral. Desde ella la clara luna filtra su luz y se derrama como una amante sobre el féretro que se alza como una roca fría en medio del salón. Por todas partes hay ramos de flores pero ninguna de ellas oculta con su bello olor el hedor que emana de la tumba de piedra. Secas orquídeas, lirios, violetas, rosas ennegrecidas, sujetas con lazos de encaje roto y amarillento adornan las columnas y cubren el féretro del amor perdido de la dama. Todas las noches la joven llega hasta él y abre el ataúd para ver el rostro cadavérico de su amado y depositar sobre sus fríos huesos un casto beso. Todas las noches sujeta entre sus pálidas manos, los huesos de las manos del marido y se las lleva al hermoso cuello para que lo rodeen como lo rodearon el día que, enloquecido, acabó con la vida de su fiel y devota esposa. Y solo en ese momento, cuando ella retira los cadavéricos dedos de Otelo de su cuello, vemos en él las marcas negras y profundas de los dedos que un día le arrebataron el aliento. Amantísima mujer, fiel señora de su señor, deposita otro casto beso en la daga que atraviesa el pecho del hombre, aquella con la que él mismo se quitó la vida al comprender el error de sus actos. Después cierra el ataúd y sale de la estancia de nuevo a los pasillos buscando eternamente el pañuelo traicioneramente hurtado, prueba de su amor, prueba de su fidelidad. Mientras vaga en la soledad de las agrietadas paredes, los jardines muertos, las débiles luces de la noche, aparece un forastero perdido y la dama no viendo en su rostro mas que al del hombre que los traicionó, a ella y a su amor, se lanza sobre él. “Mi pañuelo sucio traidor. El pañuelo que Otelo me regaló y era prueba de mi fidelidad hacia él. Devuélvemelo para que ambos podamos descansar en paz.” Y aprieta con las pequeñas manos el cuello del viajero perdido que acudió al castillo llamado por la suave canción de Desdemona. “Déjame vivir”, pide el pobre y asustado hombre ante la furia enloquecida de la dama. “Ni esta noche, ni una hora, ni un momento, ni el tiempo de decir una plegaria. Yo la diré por ti.”, y así la joven dama venga su asesinato y el suicidio de su amante marido por enésima vez, una noche mas como tantas otras. Como tantos otros incautos el hombre ha hallado la muerte para consumar una venganza que durará toda la eternidad. Por la mañana el castillo no parecerá mas que un montón de ruinas a los que por allí pasen. A los que por la noche se arriesguen a acercarse al lugar, o vayan atraídos por la dulce voz de una dama, Dios guarde vuestras almas cuando al acercaros oigas su eterna plegaria."Ave Maria, piena di grazia, eletta
fra le spose e le vergini sei tu,
sia benedetto il frutto, o benedetta,
di tue materne viscere, Gesù.
Prega per chi adorando a te si prostra,
prega nel peccator, per l'innocente,
e pel debole oppresso e pel possente,
misero anch'esso, tua pietà dimostra.
Prega per chi sotto l'oltraggio piega
la fronte e sotto la malvagia sorte;
per noi, per noi tu prega, prega
sempre e nell'ora della morte nostra,
prega per noi, prega per noi, prega.
Ave Maria...
nell'ora della morte.
Ave!... Amen!"
Karen Rodriguez Zapico
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