Y ver cada uno de tus suspiros en el vuelo de una mariposa...



viernes, 26 de febrero de 2010

LAS HEROINAS DE SHAKESPEARE (III)

La locura de Desdémona


"Antes de matarte... esposa mía...


te besé.

Ahora, antes de morir... en la sombra


donde yazgo...otro beso... otro beso...


¡ah!... un último beso..."





Entre las altas paredes de un viejo castillo mora una dama que vaga por largos pasillos iluminados solo por los claros de luna. Por este mundo de colores grises y azules, camina la joven dama buscando un pañuelo que por su amor le fue entregado y por un traidor robado. Camina vestida con los restos de su vestido de novia, hecho jirones por el paso del tiempo, los cabellos sueltos flotan a su alrededor y la envuelven. Blanca es su piel y oscuras las profundidades de sus enloquecidos ojos. Siempre va cantando una dulce y triste canción que se mezcla con el viento y a través de las ventanas llega al bosque cercano como el canto de una sirena. Camina sin rumbo pero sus paseos siempre la llevan al mismo lugar, al final del mas largo de los largos pasillos. Allí, tras la doble hoja de una pesada puerta de madera labrada, hay una estancia iluminada siempre por las antorchas y las velas que arden en los candelabros. La mortecina luz de las llamas baila con las sombras en las paredes de piedra que forman un circulo y suben hasta el techo abovedado, en el que se unen las seis columnas que hay en la estancia. No hay mas ventanas que una pequeña cristalera en un lateral. Desde ella la clara luna filtra su luz y se derrama como una amante sobre el féretro que se alza como una roca fría en medio del salón. Por todas partes hay ramos de flores pero ninguna de ellas oculta con su bello olor el hedor que emana de la tumba de piedra. Secas orquídeas, lirios, violetas, rosas ennegrecidas, sujetas con lazos de encaje roto y amarillento adornan las columnas y cubren el féretro del amor perdido de la dama. Todas las noches la joven llega hasta él y abre el ataúd para ver el rostro cadavérico de su amado y depositar sobre sus fríos huesos un casto beso. Todas las noches sujeta entre sus pálidas manos, los huesos de las manos del marido y se las lleva al hermoso cuello para que lo rodeen como lo rodearon el día que, enloquecido, acabó con la vida de su fiel y devota esposa. Y solo en ese momento, cuando ella retira los cadavéricos dedos de Otelo de su cuello, vemos en él las marcas negras y profundas de los dedos que un día le arrebataron el aliento. Amantísima mujer, fiel señora de su señor, deposita otro casto beso en la daga que atraviesa el pecho del hombre, aquella con la que él mismo se quitó la vida al comprender el error de sus actos. Después cierra el ataúd y sale de la estancia de nuevo a los pasillos buscando eternamente el pañuelo traicioneramente hurtado, prueba de su amor, prueba de su fidelidad. Mientras vaga en la soledad de las agrietadas paredes, los jardines muertos, las débiles luces de la noche, aparece un forastero perdido y la dama no viendo en su rostro mas que al del hombre que los traicionó, a ella y a su amor, se lanza sobre él. “Mi pañuelo sucio traidor. El pañuelo que Otelo me regaló y era prueba de mi fidelidad hacia él. Devuélvemelo para que ambos podamos descansar en paz.” Y aprieta con las pequeñas manos el cuello del viajero perdido que acudió al castillo llamado por la suave canción de Desdemona. “Déjame vivir”, pide el pobre y asustado hombre ante la furia enloquecida de la dama. “Ni esta noche, ni una hora, ni un momento, ni el tiempo de decir una plegaria. Yo la diré por ti.”, y así la joven dama venga su asesinato y el suicidio de su amante marido por enésima vez, una noche mas como tantas otras. Como tantos otros incautos el hombre ha hallado la muerte para consumar una venganza que durará toda la eternidad. Por la mañana el castillo no parecerá mas que un montón de ruinas a los que por allí pasen. A los que por la noche se arriesguen a acercarse al lugar, o vayan atraídos por la dulce voz de una dama, Dios guarde vuestras almas cuando al acercaros oigas su eterna plegaria.





"Ave Maria, piena di grazia, eletta

fra le spose e le vergini sei tu,

sia benedetto il frutto, o benedetta,

di tue materne viscere, Gesù.

Prega per chi adorando a te si prostra,

prega nel peccator, per l'innocente,

e pel debole oppresso e pel possente,

misero anch'esso, tua pietà dimostra.

Prega per chi sotto l'oltraggio piega

la fronte e sotto la malvagia sorte;

per noi, per noi tu prega, prega

sempre e nell'ora della morte nostra,

prega per noi, prega per noi, prega.

Ave Maria...

nell'ora della morte.

Ave!... Amen!"

Karen Rodriguez Zapico






























martes, 16 de febrero de 2010

LAS HEROINAS DE SHAKESPEARE (II)

EL SUEÑO ETERNO DE OFELIA

“¿Y es la que ha de sepultarse en tierra sagrada, la que deliberadamente
ha conspirado contra su propia salvación?”.

    Adéntrate conmigo en la espesura del bosque mas oscuro que puedas imaginar, donde las raíces de los árboles se enredan unas con otras en abrazos de tierra húmeda y negra. Vamos, acompáñame en este paseo por la espesura, pero no esperes que sea plácido pues cada roce de las cañas desnudas de los árboles será como la caricia de una mano en la que ya solo quedan huesos amarillentos. Disfruta del canto de los pájaros ahora que aun no hemos llegado pues cuando en el bosque entremos los únicos cantos que oirás serán los de los cuervos de plumas negras azuladas. ¿Lo sientes ya? ¿Sientes como el bosque se cierra sobre ti, aun cuando no hemos hecho mas que llegar a sus orillas? Sigue caminando, no mires atrás ni escuches los llantos de los atrapados, ni sus suplicas, ni sus lamentos. Sus almas ya están condenadas, como la de la dama a quien venimos a ver. No hay salvación para ellos, no hay Dios. Camina con cuidado, la maleza es aquí mas frondosa que en ningún otro bosque y las espinas de sus zarzas son mas venenosas que en ningún otro lugar del mundo. Mira hacia el cielo, ¿ves la pálida luz de la luna entre las ramas deshojadas de los árboles? Ni siquiera su etérea luz es capaz de atravesar por completo la negrura de esas ramas que se retuercen como si fuesen hombres locos bailando una danza loca. La niebla te llega a las rodillas pero es mejor así. No quieras saber lo que realmente estas pisando y suena como calaveras que se quiebran bajo tu peso, porque tal vez eso sea lo que la blanquecina y fría amiga del bosque oculta. Deja que te envuelva como una amante de piel helada que te abraza y te rodea con sus piernas. Ya estamos llegando, si consigues atravesar el muro de rosales espinosos llegarás al claro. No busques hermosas flores en esa pared de espinas, las rosas que crecen en ella son negras como el azabache y la niebla que se posa sobre ellas se convierte en pequeñas gotas de rocío sanguinolento. Bien, has cruzado y por fin podrás ver a la hermosa dama que mora en el corazón del bosque y pedirle tu deseo. Espera aquí en la orilla de este lago de aguas putrefactas y verdosas. Intenta no respirar la esencia de los nenúfares pues su olor se asemeja al de miles de cadáveres en descomposición. La dama ya viene. Mira como se abre un claro en el lago, allí donde las aguas parecen mas limpias. Mira como sus cabellos flotan en el agua rodeados de una guirnalda de violetas. La dama sale del agua flotando todo su cuerpo rodeado de nenúfares. Sus miembros flácidos y pálidos apenas se mueven. Mira su rostro porque nunca veras joven mas bella. Cabellos oscuros, piel blanca. Mira el rojo de sus labios muertos. Atrapada en un sueño eterno de aguas frías y muertas. Condenada hasta que el mundo se detenga. La hermosa joven que saltó a las aguas del río agarrada a una guirnalda de flores, enloquecida por la traición del hombre al que amó, camina hacia aquí con sus ropas mojadas pegadas al cuerpo. Mira como estira hacia ti sus dulces brazos pálidos. Vamos abrázala y susúrrale tu deseo al oído. Ella siempre cumple los deseos de amor de los hombres. No. No retrocedas, no le tengas miedo. Si ve que le tienes miedo se enfadará. Cálmate ella no va a hacerte daño, solo quiere concederte tu deseo. No, no, no grites, no la hagas enfadar, no te hará daño sino…Oh Dios mío. Otra vez ha pasado, estupido hombre aterrorizado. Dulce Ofelia, lo has vuelto a hacer. No puedes arrastrar a tanta gente al fondo del lago, no necesitas a tanta gente que ya no puede hablar. Tranquila, ven, no llores mas amor mio. Deja que te abrace. Hasta ti llegan hombres de todas partes para pedirte el corazón de sus amadas pero tu sabes que en realidad no las aman. Los corazones de los hombres son fríos y al final, la dama sufriría su traición, por eso los arrastras contigo a las profundidades. Porque aquel que ama con sinceridad, no necesita los embrujos de un frío cadáver por muy hermoso que este sea y la mayoría de los que aquí llegan, solo lo hacen para ver a la hermosa bruja del lago, para saciar sus lascivas miradas y pedir el cuerpo de alguna joven viva donde saciar sus terribles deseos. Así pequeña Ofelia, tranquila, deja que acune tu hermosa cabeza entre mis manos, apóyate en mi pecho. Soy la única que te entiende, mi amor. Soy la única que te ama. Acuéstate a mi lado, déjame besarte. Ven Ofelia, mi dulce dama muerta. Deja de llorar. Hagamos el amor, por esa nueva alma condenada. Siempre estaremos juntas, atrapadas en este lago de aguas negras. Nunca te abandonaré, yo seré siempre tu amante fiel, mi hermosa virgen suicida. Olvida a los hombres, son ruines y traicioneros. Yo seré tu mujer en las largas horas de la eternidad…
Ilustración: Linda Bergkvist,Texto; Karen Rodriguez Zapico

sábado, 13 de febrero de 2010

LAS HEROINAS DE SHAKESPEARE (I)

 EL PECADO DE JULIETA

“¡Ven, dulce noche, amor de negro rostro!

Dame a mi Romeo y, cuando muera, tómalo,

y haz de sus pedazos estrellas diminutas que iluminen el rostro del cielo…,”


En medio del extraño patio acristalado, al que se accedía desde un túnel con paredes repletas de rosales secos y espinosos, había una fuente con algunas hojas amarillentas pegadas en sus laterales. No corría el agua en esa fuente, ni siquiera quedaba algún pequeño charco que indicase que alguna vez hubiese corrido. Las baldosas del patio estaban rotas y algunas raíces asomaban entre sus grietas. La pálida luz de la luna entraba por una cristalera llena de agujeros e iluminaba levemente la lúgrube estancia. En casi todas las esquinas había telas de araña y sus moradoras eran casi del tamaño de la blanquecina mano infantil que jugaba con ellas, ajena al daño que sus negras mascotas pudiesen causarle. La risa del pequeño y pálido infante llenaba el silencioso patio con el sonido de miles de pequeñas campanillas mientras permanecía de cuclillas entre la fuente y un columpio que colgaba de las tristes ramas de un árbol desnudo, viendo como sus venenosas amigas correteaban entre sus pies, lo rodeaban y se subían por su cuerpo haciéndole cosquillas. Sentada en un columpio, casi totalmente oculta por un velo negro se balanceaba una dama, de piel pálida, negros cabellos y labios rojos. Su belleza era etérea. Su piel blanca resaltaba bajo los rayos de la luna, que sacaban de los mechones de pelo negro reflejos de plata. De los labios rojos como la sangre escapaba casi en un susurro una nana de notas tan melancólicas que helaban la sangre. Se balanceaba la dama y cantaba al pequeño, que seguía jugando con las enormes arañas, mientras entre sus pálidas manos sujetaba un libro que por descuido resbaló y cayó al suelo en un batir de hojas y levantó de la baldosa algunas hojas secas y el polvo de la tierra que se colaba entre las grietas de las baldosas. El tiempo se paró cuando el ruido del libro al caer llenó el patio. El niño giró la cabeza y frunció el ceño mirando las tapas abiertas del objeto que había interrumpido su juego. Como si de una orden silenciosa se tratase los arácnidos se alejaron del pequeño y volvieron al frágil refugio de sus telas de araña. El niño permaneció en cuclillas con la mirada fija en la dama, que había detenido el columpio y con la cabeza agachada y las manos aferradas a las cuerdas que sujetaban el columpio al árbol, se mantenía silenciosa. Una lágrima se deslizó por la pálida mejilla de la joven y cayó al suelo. El silencio era tal que el sonido de esa minúscula gota reverberó en toda la estancia. A esa lagrima, la siguió otra, y otra mas, y al final, una sinfonía que recordaba a un día de lluvia resonó dentro del patio. El niño se levantó y recogió el libro del suelo. Sacudió el polvo de las envejecidas tapas y con un dedo repasó las letras doradas: “Romeo y Julieta”. Se lo tendió a la dama que levantó la cabeza y poco a poco dejó de llorar. La lluvia de lágrimas fue cesando y su sonido dejó paso al eterno silencio. Sonrió, se enjugó las lagrimas y recogió el libro cruzando las pálidas manos sobre su regazo. El niño rodeó el columpio y lo empujó para que la dama volviese a balancearse. Después volvió a ponerse de cuclillas entre la fuente y el columpio y empezó a jugar con unas piedrecitas hasta que la dama volvió a susurrar su triste nana mientras se columpiaba. Poco a poco las arañas salieron de su escondite para volver a jugar con su pequeño amo. Las paredes del patio, con sus grietas y cubiertas de rosas negras, los suelos de baldosas rotas, la desvencijada cristalera, la fuente que nunca volverá a dar agua. Todo esto es lo que vemos al darnos la vuelta para salir de nuevo por el túnel y dejar en la soledad de sus pensamientos a los dos pálidos seres que habitan el patio. En medio de la fuente, como único adorno del desolado lugar hay reloj de arena. cuando toda la arena caiga, la dama volverá a perder su libro, el niño volverá a enfadarse, las arañas huirán de nuevo. Y de nuevo la dama recuperará su libro, el niño sus arañas, el patio las notas de la lúgubre nana. Siglos, milenios, con cada vuelta del reloj de arena comenzará de nuevo la eterna danza, hasta que llegue el día que su cristal se rompa y su arena se esparza por la seca fuente y las dos almas atrapadas desaparezcan para siempre. Entonces las paredes del patio se vendrán abajo, las baldosas saltaran de la tierra, los cristales estallaran en miles de trocitos y lloverán sobre el patio como pequeñas gotas afiladas. No las toques o beberán tu sangre y te atraparan a ti también y construirán para ti tu propio patio encantado. Soy el hijo no nacido de Romeo y Julieta, condenado por mi madre suicida a vivir en la pálida luz de un patio seco, acompañado solo por el alma muerta de mi madre y la arañas hasta que el cristal del reloj se rompa y pueda por fin descansar en paz.

Karen Rodriguez Zapico