EL BAILE DE LADY MACBETH
¡Mira! También yo tengo sucias las manos;
Un poco de agua y quedarán limpias.
Así también nuestra obra caerá en el olvido...
En la corte de Venecia, las damas bailan al son de los violines las tristes melodías que inundan los pasillos de Palacio. Todas vestidas de brillante raso rojo y negro encaje, pálidas y lánguidas, ocultan tras las hermosas mascaras sus rostros y adornan con plumas de cuervo sus cabezas. Algunas gargantillas de brillantes se agarran a sus cuellos hasta parecer que las asfixian y coronas de cuentas brillantes envuelven sus cabellos. Sus pasos son elegantes y suaves, dan la sensación de flotar sobre el suelo más que de caminar sobre él. La sala de baile está a penas iluminada por algunos candelabros de oro que retuercen los brazos alargados donde sujetan las velas y por la palidez de la blanca luna que se cuela entre los pesados cortinajes que cubren el ventanal. Esa misma pálida luz ilumina fuera de palacio un abandonado jardín de envejecidos rosales que solo son capaces de escupir rosas negras. Crecen salvajes por donde antes crecían las más bellas y delicadas flores y cubren toda la tierra que encuentran a su paso con una venenosa capa de espinas. Una fuente seca se derrumba en medio de la rosaleda y la estatua que la adorna grita en silencio los horrores que traerá consigo la noche y el final del baile de Lady Macbeth. Dentro, siguen bailando al ritmo de desafinados violines, las hermosas damas y los asustados hombres que las acompañan. Engañados, secuestrados, llevados allí por la lujuria de yacer con una joven dama, se saben cada vez más próximos a la muerte, como si cada campanada del enorme reloj marcase sus últimos latidos. Quieren escapar pero no pueden, sus pies solo se mueven para seguir el ritmo del angustiante vals, que en el centro de la sala, Lady Macbeth baila con el cadáver seco de su difunto marido. Gira y ríe, echando hacia atrás la cabeza, sujetando entre sus brazos lo que queda del malogrado noble, y sus carcajadas hielan la sangre de los hombres allí atrapados. Sus pechos asoman lujuriosos por el escote de encaje del vestido negro que ciñe su figura. Una mascara de carnaval cubre su rostro rodeando de encajes y rasos su fría mirada gris. El rojo de sus labios resalta aun mas la palidez del rostro enmarcado de rizos negros que caen en cascada desde una corona digna de una reina. La corona que su difunto marido juró poner sobre su cabeza, cuando tres malditas brujas vaticinaron que seria rey. Ellas los empujaron hacia la avaricia, ellas los empujaron hacia la locura. Por eso yacen las tres en el sótano del palacio colgando de las cuerdas de la horca. Pero en el último momento, lanzaron un maleficio sobre la enloquecida Lady Macbeth. Por haberlas engañado, por haberlas secuestrado y llevado a Venecia, por haberlas ahorcado, la desdichada dormiría en su locura eternamente y mancharía sus manos con la sangre de la avaricia. En la sala de baile, cada vez mas aterrorizados, bailan con las doncellas de Lady Macbeth, ladrones, asesinos, usureros, tacaños, avaros todos ellos con el alma podrida por la carroña del poder. Se acercan las últimas campanadas, las que ponen final a la noche. Cesan los acordes de los violines, los bailarines se detienen y las damas se saludan a sus compañeros y permanecen frente a ellos esperando la primera campanada de las doce. Sus manos frías sujetan las manos sudorosas de los caballeros. Con la primera campanada se alzan en la sala los reflejos azules y pálidos de las afiladas hojas de los puñales. Una puñalada por cada campanada. Las doncellas ensucian sus manos con la sangre de los avaros mientras Lady Macbeth sigue bailando con los huesos de su marido susurrando la melodía de los silenciados violines. Cuando el reloj enmudece las doncellas se acercan a Lady Macbeth y acarician con sus ensangrentadas manos a la enloquecida dama que abre con un puñal sus propias muñecas. Las damas beben la sangre de su reina, se besan y acarician en medio de la liturgia lésbica de sangre y deseo que cada luna llena las alimenta. Yacen en el suelo satisfaciéndose unas a otras y a su reina, que un día las sacó de las casas de sus padres donde dormían inocentes y las llevo a su palacio para convertirlas en sus concubinas sedientas de sangre. Sale el primer rayo de sol. La noche ha volado después de iniciar su ritual. Cada una se retirará a su habitación donde permanecerá dormida hasta la próxima luna, esperando el siguiente baile. Su reina coge en brazos los restos de su marido y apoyando la fría calavera contra su pecho se arrodilla para acunar a Macbeth, el asesino del rey. Así permanecerá hasta la luna creciente, que saldrá por los caminos a buscar a los hombres que alimentaran a sus bellas ninfas en la próxima luna.
Ilusytración: Cris Ortega, Texto; Karen Rodriguez Zapico

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