Y ver cada uno de tus suspiros en el vuelo de una mariposa...



sábado, 23 de octubre de 2010

EL HADA Y LA NIÑA

Hace mucho tiempo, había una niña pequeñita que viajaba por el mundo sin mas compañía que los recuerdos que iba acumulando de la gente que iba conociendo. Tenia un montón de recuerdos bonitos, otros algo mas tristes, los había divertidos e incluso algunos que daban un poco de miedo. Cada uno de ellos le servia para iluminar las noches que pasaba sola y hacerlas un poco mas agradables. La niña nunca permanecía demasiado tiempo en un lugar, al menos no el suficiente como para tener amigos de verdad o alguien a quien poder volver si se sentía demasiado sola. No había ni un solo lugar al que la niña pudiese llamar hogar. Eso la hacia sentirse triste pero, era mas fuerte el miedo a llegar a amar a alguien y perderlo, que el estar sola con sus recuerdos.
Fue pasando el tiempo y la niña seguía yendo de un lugar a otro, sin quedarse en ninguno de ellos, acumulando recuerdos de los lugares en los que estaba y los sitios que conocía. Hasta que un día, la tristeza dentro de ella se hizo tan grande que ninguno de sus recuerdos bonitos pudo hacerla retroceder. Entonces decidió que lo único que podía hacer era dormir y no volver a despertar. Así que, mientras caían los primeros copos de nieve, la niña busco un lugar donde descansar para siempre. Cuando la nieve ya casi cubría todo el suelo encontró una frondosa rosaleda, se echó sobre la nieve y temblando de frió se fue durmiendo.
Quiso el destino que en esa rosaleda viviese, tan solitaria como la niña, un hada del tamaño de una nuez y tan luminosa como una luciérnaga. Cuando aquel gracioso puntito de luz volvió a la rosaleda en medio de la noche, encontró a la niña casi muerta de frío. Se acercó poco a poco para mirar al intruso que se había dormido en medio de su rosaleda y vio la carita redonda y sonrojada de la niña. Una sonrisa dulce le iluminaba el rostro aunque no podía dejar de temblar. El hada pensó que tal vez lo mejor fuese cuidar de ella toda la noche para que la niña no muriese congelada y al día siguiente la convencería de que abandonase la rosaleda pues no quería compartirla con nadie. Lo que el hada no esperaba es que la niña no despertase con la llegada del día, ni al día siguiente, ni al siguiente. A medida que avanzaba el invierno el hadita cada día estaba mas preocupada por aquella niña que, a pesar de seguir viva, no parecía ir a despertarse nunca. Todas las noches el hada, en lugar de ir a alimentarse o a descansar, permanecía al lado de la niña dándole todo el calor que podía desprender su luz. El invierno avanzaba lento y el hada cada día estaba mas cansada y débil y por tanto, su luz también. El pobre hadita empezó a pensar que tal vez no podría aguantar todo el invierno y la niña acabaría muriendo de frió. Intentó cubrirla de hojas, o convencer a algún animal de que le diese calor por la noche, intentó sobretodo despertarla pero nada de lo que hacia servia de mucho. Así que, al final decidió que lo único que podía hacer realmente por ayudarla era permanecer a su lado aunque aquello le costase la vida a ambas.


Un día, cuando el hada ya estaba tan débil que ni siquiera era capaz de volar, la nieve empezó a derretirse y pequeños brotes rojos aparecieron por toda la rosaleda. Se alegró porque pensó que la llegada de la primavera tal vez hiciese despertar a la niña y esa noche hizo el último esfuerzo y con las pocas fuerzas que le quedaban iluminó y calentó las horas frías de la noche para la niña de dulce sonrisa. Con el último rayito de luz del hada, llegó la madrugada y con ella, la niña abrió los ojos por primera vez en mucho tiempo. Por desgracia el hadita ya no pudo escuchar su pequeño bostezo. Yacía inerte en la nieve cerca de la niña que al girarse y verla allí la recogió en sus manos. No sabia porque, pero sentía que en todo el tiempo que había dormido no había estado sola, que algo a su lado le había dado su luz y su calor y cuando vio al hada a su lado, la angustia la inundó. No podía ser que hubiese perdido a aquella criatura mágica que había permanecido a su lado sin saber siquiera si llegaría a despertar. Aquel ser que había dado toda su luz sin exigirle nada a cambio. Rompió a llorar, las lágrimas se deslizaban por su mejilla y caían sobre el hada. Una tras otra, sin que la niña se diese cuenta, las lágrimas caían sobre el cuerpecito que sujetaba en sus manos que poco a poco comenzó a moverse. Sin saberlo la niña estaba alimentando al hada porque así se alimentan ciertas hadas, convierten el dolor y la tristeza en pequeñas y calidas lucecitas. Sobretodo el dolor de los niños pequeños que lloran en soledad por la noches.La niña se dio cuenta de lo que pasaba al sentir un pequeño aleteo en sus manos y se quedó mirando al hadita pidiendo por favor, que al final no la dejase sola. Cuando el hada acabó de despertar, ella y la niña pasaron muchas horas hablando y al final ninguna de las dos quiso separarse de la otra. Construyeron una pequeña casita que siempre estaba llena de las hermosas rosas rojas de la rosaleda y allí vivieron durante años. Jugaban, cocinaban juntas las cosas que los animales del bosque y otras hadas les dejaban cerca de la puerta, se contaban historias de miedo y después reían porque ninguna de las dos podía dormir. Se escondían regalitos y notas por la casa y todas las noches el hada contaba un cuento y dejaba encendida su luz hasta que la niña se dormía. Después se iba a recoger los sentimientos tristes de los niños que vivían cerca de la rosaleda y cuando ya tenia suficientes volvía a casa para echarse a descansar en una cesta colgada encima de la cama de la niña. Así siempre estaba cerca de ella por si la necesitaba en medio de la noche oscura.
Vivieron juntas y felices muchos, muchos años hasta que un día, la niña, que ya era una ancianita de pelo blanco y dulce sonrisa infantil, y el hada se fueron a dormir. En medio de la noche la luz del hada y de la niña se apagó para siempre. Algunos niños dicen que esa noche dos estrellas fugaces cruzaron juntas el cielo.

 
Un gran rosal se alzaba cerca de la entrada del jardín: sus rosas eran blancas, pero había allí tres jardineros ocupados en pintarlas de rojo. A Alicia le pareció muy extraño, y se acercó para averiguar lo que pasaba...
(Alicia en el País de las Maravillas – El croquet de la Reina)

Karen Rodriguez Zapico

domingo, 26 de septiembre de 2010

Heroinas Shakespeare (V)

Las tres hijas del Rey Lear

Hay un castillo en lo profundo de un bosque, antigua orgullosa fortaleza, donde las piedras de los muros caen y se desprenden por el pasar de los siglos y el envejecer del tiempo. Ya casi no queda nada de las torres que se levantaban  por encima del orgullo y la ambición de los hombres, ni ondean las banderas cargadas de falsos juramentos de honor. En medio de ese castillo sobreviven intactos al paso del tiempo los muros del patio donde la áspera cuerda del verdugo ciñó el suave cuello de la hija menor del rey. Aun perdura bajo la sombra del cadalso, otra sombra  fría y húmeda, que cala los huesos y desquicia los nervios. Y ahora, reinan en la oscuridad del bosque y sobre las ruinas del palacio hordas de cuervos negros que, cuando levantan el vuelo hacia el sol, cubren el cielo y el suelo como una lluvia negra que se transforma en alfombra de plumas de las ruinas del castillo. Pero no penséis que son ellos quienes mantienen alejados de allí a los ambiciosos que se pretenden reyes, es esa sombra que ríe y baila con los cuervos, con la cuerda aun colgando del cuello, oculto el rostro bajo encaje negro y pintados los labios de rojo. Esa sombra con figura de mujer, que se alimenta de almas y se llena las manos de plumas de cuervo para lanzarlas al aire y bailar bajo la lluvia negra. Cordelia, que lleva siglos vagando por el patio donde el verdugo puso la cuerda en su garganta seca y dejó sus pies colgando sobre el suelo. Columpio mortal, mortal balanceo de su cuerpo que agita los pies buscando un apoyo que alivie la falta de aire. Descolgó su padre, rey envejecido y traicionado, el cuerpo de Cordelia y con ella en brazos halló el alivio del sueño eterno. Pero el alma de la dama de ojos verdes y cabellos pelirrojos, se quedó aferrado a ese suelo donde también vagan sus hermanas. Envenenada la bella Regan con sus cabellos rubios dignos de reflejar todos los rayos del sol y los ojos azules como un día de verano. Envenenadora Goneril, de melena negra y negros ojos, oscuros como su alma, que después de envenenar a su propia hermana buscó la muerte en la afilada y fría hoja del puñal. Las tres juntas bailan por las noches a la luz de la pálida luna, sus cabellos al viento, oro, azabache y fuego. Sus risas llenan las ruinas del castillo y erizan la piel de quienes por allí se acercan. Incautos, extraviados, curiosos que caerán en sus redes. Las tres juntas salen de las puertas del castillo y corren por el bosque seguidas de los cuervos que las guían hacia sus victimas, volando sobre sus cabezas con sus negras plumas brillando azuladas en la noche. Una nube negra que lo cubre todo y oculta la escasa luz del bosque graznando en el cielo avanza sobre quienes se aventuren a cruzarlo. Y tras ella llegaran las tres almas condenadas, las tres devoradoras no muertas que jugaran su juego macabro con la condenada victima. Brujas, hechiceras de lujuriosos cuerpos y venenosa piel que engañaran al incauto para llevarlo al castillo y que allí lo envenene Regan, lo apuñale Goneril y lo ahorque Cordelia. Pero en ninguno de estos trances morirá aun, pues las tres hermanas yacerán con él y ahogaran el deseo de sus fríos cuerpos para al final beber su sangre. Sobre la tumba del Rey Lear, sus tres hijas amadas, dejaran los restos de los hombres que a ellas sucumben para que los cuervos los picoteen  aun sangrantes. Bailaran eternamente su macabra danza, lanzando al aire plumas negras que caerán sobre ellas como lluvia negra y por las noches saldrán las tres juntas de caza, con los cuervos como ejercito de la oscuridad y la niebla. Solo Cordelia dejara de sonreír al alba y volverá a ocultarse a la sombra del cadalso donde el verdugo le arrancó la vida. Y allí sola oyendo de lejos las risas de sus hermanas permanecerá Cordelia, ojos verdes y pelo rojo como el fuego, llorando los días que se han ido y la eternidad condenada que le queda por delante.

Karen Rodriguez Zapico

viernes, 2 de julio de 2010

Angeles III



El Libro perdido de Rut y Noemí

“Al principio creó Dios al hombre y de él creó a la mujer y, temeroso de que algo pudiese pasarle a su obra, creó a los ángeles que debían protegerlos, y los llamó Rut y Noemí. Fueron estos ángeles seres hermosos y temibles como una tempestad, bondadosos y alegres, exigentes y protectores, sabios y pacientes. Todo lo que estaba bajo su protección estaba a salvo y fueron Rut y Noemí como madres para Adán y Eva, y los cuidaron y educaron y enseñaron todo lo que conocían…” Libro Perdido de Rut y Noemí 1: 1-17


El Paraíso era un lugar tranquilo y feliz en aquellos primeros tiempos de la Creación y Dios era un ser omnipotente y omnipresente pero ante todo amaba su obra y era feliz viendo todo el amor que había creado. Estaba orgulloso de sus hijos y se emocionaba con cada nuevo descubrimiento que hacía al observarlos, con cada cosa nueva que sus maravillosos ángeles les mostraban y enseñaban con todo su corazón. Se alegraba con cada carcajada de Rut cuando Adán o Eva se equivocaban o hacían alguna trastada y con la dulzura con la que Noemí los corregía y regañaba. Decidió que sus nombres reflejarían todo lo que ambas eran. Y así Rut significó “la compañera”, pues todo en ella eran juegos y apoyo y nunca dejó solos a sus protegidos, y Noemí significó “la dulzura”, porque de todo su ser se desprendía una ternura sin igual y todo lo hacía con el sentir de una madre. Los días pasaban sin preocupaciones en el Paraíso y, poco a poco, a medida que Adán y Eva crecían y aprendían, Rut y Noemí fueron dejando que investigasen por su cuenta. Les dieron independencia y libertad para que ellos mismos decidiesen que cosas querían conocer y a qué dedicar su tiempo y solo intervenían cuando Adán o Eva les preguntaban algo o cuando les veían hacer algo mal. Y aunque siempre se mantuvieron cerca para evitar que algo pudiese pasarles, empezaron a pasar cada vez menos ratos con ellos y a tener mas tiempo para disfrutar en la compañía del Creador. Ellas habían nacido de la luz del conocimiento y toda la sabiduría del universo estaba en su ser, no necesitaban lecciones, y conocían cada átomo de materia pero había cosas que en principio no podían entender y aprovechaban los momentos que tenían para estar cerca de Dios para que él les explicase porqué se sentían tristes a veces, porqué reían o lloraban o se asustaban, porqué eran mas felices cuando estaban juntas, qué era eso que sentían cuando estaban separadas que no llegaba a ser tristeza. Dios se maravillaba de la perfección de su obra y de cómo los sentimientos empezaban a nacer dentro de aquellos dos hermosos seres y decidió que, todo el amor que había creado era sin duda lo mas hermoso y poderoso de cuanto existía y que ese amor que sentían la una por la otra era, además, algo especial pues demostraba que los sentimientos son indomables e incomprensibles y nacen sin que podamos hacer nada para evitarlo. Y así pasaban los días en el Paraíso. Adán y Eva correteando de un lado a otro siempre con algo nuevo que aprender y preguntar, Rut riendo, saltando y jugando con cuanto se cruzaba por su camino y Noemí paseando del brazo del Padre, sonriendo con cada nueva ocurrencia de Rut o ante cada mirada furtiva que se cruzaban. Un día, al atardecer, Dios hizo que Noemí lo llevase hacia una piedra en medio del Paraíso y se sentó fatigado. Últimamente caminaba con ayuda de un bastón o apoyado en el brazo de Noemí y las distancias largas lo dejaban exhausto. Se le notaba cansado y envejecido y tanto Rut como Noemí temieron por su Creador. También Adán y Eva que estaban cerca llegaron a él preocupados pero él los tranquilizó. Solo necesitaba un poco de descanso pues con su obra había gastado mucha energía. A Adán y Eva les encomendó seguir con sus lecciones y empezar a construir el mundo de los hombres, pues ellos serían los que habían de dar vida a su propia raza. A Rut y Noemí, les encomendó el cuidado del Paraíso, de Adán y Eva, y de toda su obra, y les dijo que se retiraría un tiempo a los confines del universo a descansar. Mientras lo veían marchar Noemí apoyó su cabeza sobre el hombro de Rut que la abrazó preocupada, nunca había sentido tanta tristeza dentro del otro ángel. Todo el cuerpo de Noemí temblaba por las lágrimas contenidas y se mordía los nudillos para evitar que Adán y Eva oyesen sus gemidos. Intentaba contener el llanto mientras a sus pies, sentados en la hierba, Adán y Eva, se abrazaban a las piernas de los ángeles. Noemí bajó las manos a sus cabezas y los acarició con dulzura mientras se refugiaba en los brazos de Rut, y allí se quedaron abrazados hasta que Dios no fue mas que un punto de luz en la distancia. Una tristeza infinita se apoderó de todos pero enseguida Rut se inventó un nuevo juego y consiguió que, al menos en parte, esa tristeza se aliviase. Todos echarían de menos al Creador pero seguro que pronto volvería con ellos y todo sería como al principio.


Tanya y Moira miraban a Norna sin entender nada. Había llegado oculta por los últimos rayos de sol, con la capucha de su capa cubriéndole la cara y aferrada a un libro que les hizo prometer que protegerían con su vida. Y cuando por fin la habían convencido de que allí nadie las encontraría, había abierto el libro y había empezado a leer. Pero ni Tanya ni Moira podían creer nada de lo que allí estaba escrito. Ahora la miraban mientras la luz del fuego se reflejaba en su cara. Temblaba de frío aun a pesar de estar prácticamente dentro de la chimenea, y de las mantas que Tanya le había puesto por encima de los hombros. Era un ángel del día. La noche era para ella como el puro hielo y mas aún en aquel lugar. A un gesto de Tanya, Sergei y Nicolai se pegaron a ella. Norna dejó de temblar pero seguía pálida y parecía muy nerviosa. Moira no sabía que pensar. Lo que Norna leía no tenía sentido ni se parecía en nada a lo que sabían de La Creación. Era absurdo de hecho. Según el libro que Norna protegía impulsivamente con sus brazos, Adán y Eva habrían sido creados niños y criados por dos ángeles, los primeros de La Creación. Dos ángeles que además no aparecían en ningún otro libro que ellas conociesen y de los que jamás habían oído hablar y, que siendo los primeros, deberían haber sido los mas importantes. Moira, como ángel superior al igual que Norna, había estudiado la genealogía de los ángeles y el momento de su aparición y no podía creer que si hubiesen existido antes de la caída del hombre, se los hubiese apartado de su historia pues serían además, según el libro, los responsables directos de Adán y Eva. Sacudió la cabeza y puso en orden lo que sabía. Dios había creado a un Adán adulto y de él, a una Eva adulta y los había dejado vivir en el Paraíso con la única condición de no comer del fruto del Árbol prohibido. Pero estos, tentados por el mal, no habían hecho caso y habían sido expulsados a la tierra. Y ese era el momento de la Creación de los ángeles y de la primera Guerra entre el bien y el mal. Un ángel de día y un ángel de noche, hombre y mujer, para proteger a los hijos de los hombres y rescatar sus almas. Ellos habían creado los primeros ejércitos y ante la traición de Lucifer habían luchado para que el mal no destruyese la obra de Dios. Esos eran los primeros, esos eran de quienes ellas descendían. ¿O no? Aquel libro al que Norna se agarraba como a un trozo de madera en medio del mar, contaba una historia diferente, una que de ser cierta incluía además una afirmación que haría tambalearse los principios de las Leyes de Cielo.



- ¿Dios se sentía feliz del amor entre Rut y Noemí?- Tanya susurró la pregunta mas para si misma que para el resto pero la mirada de Norna era como un grito en la noche que hizo a Tanya encogerse sobre si misma sentada en el suelo. Moira cerró los ojos y trató de concentrarse. Según aquel maldito libro, el Creador no solo se alegraba del amor entre dos mujeres, sino que lo consideraba como algo especial dentro de su obra. Y entonces, ¿qué pasaba con todos los ángeles expulsados por ese pecado?¿Con todas las almas que ellas no habían dejado cruzar las Puertas por no arrepentirse de ese amor prohibido?- Humm- Moira sintió como, ante el gemido angustiado de Tanya, una sonrisa intentaba abrirse paso en su rostro. Abrió un ojo y se encontró con la mirada interrogante y curiosa de Norna. Notó que enrojecía y apartó la vista. Era hora de poner las cosas en su sitio. Aunque presentía que aquello solo acababa de empezar.

- Imaginemos que este libro cuenta la verdadera historia del principio de los tiempos. Es una bomba de relojería apuntando a los pilares de toda una organización muy poderosa y muy amante de su poder. Nunca lo dejarían salir a la luz.- Otro gemido angustiado de Tanya que de repente se encontró con Moira y Norna mirándola de reojo. Moira estaba a punto de echarse a reír y Norna la miraba con una ceja levantada.- Lo que implica que quien tenga el libro…

- …es un enemigo al que aniquilar.- Norna acabó la frase de Moira mientras Tanya echaba mano instintivamente a la funda de su espada. No le gustaba usarla pero en aquel momento le pareció reconfortante tenerla cerca. Moira miró hacia las ventanas. Una claridad apenas perceptible empezaba a dibujarse en el horizonte. Había llegado a aquella cabaña en el anterior atardecer y en este había llegado Norna. Apenas habían dormido ni ella ni Tanya que, además durante la noche no había abandonado su labor de custodio y de día había estado intentando poner orden en el pequeño desastre que tenía como casa. La hizo sonreír recordar a Tanya corriendo de un lado a otro recogiendo sus cosas pero la sonrisa le duró poco. Otra vez se hacia de día, otro día sin dormir. Realmente no sabía que pensar. Le parecía absurdo creer lo que Norna les había leído y quería pensar que el libro se había escrito mas tarde, no por lo que decía, sino por el peligro que suponía tener algo así cerca. Era un secreto que de ser cierto era peligroso conocer y no había a quien acudir. Si alguien averiguaba que lo tenían y lo que contenía sus días estaban contados. Y los de ella ya eran bastante peligrosos con medio batallón de ángeles buscándola por haber huido de las Puertas. Por una parte sentía la felicidad de pensar que en realidad su amor por Norna no había sido pecado, por otra, tenía miedo de que las descubriesen con el libro. No estaba segura de creer lo que allí decía pues contradecía todas las demás sagradas escrituras pero el libro era muy antiguo y estaba escrito en la lengua de los primeros tiempos. Incluso a Norna y a ella que eran expertas en esa lengua, como todos los ángeles guardianes, les costaba entender algunas cosas. Miró a Tanya y a Norna. Y pensó en como se sentía cerca de ellas. Como se había sentido con Norna y como se sentía con Tanya. No podía ser pecado, no podía estar prohibido. Debían proteger el libro, debían dárselo a conocer a los ángeles condenados. Tenían derecho a ser felices sin sentirse mal por ello ni ser tratados como traidores. Ni un ángel mas debía perder sus alas.

“No hay caricia mas cálida que la de un amante, ni beso mas dulce que el de quien te ama con el corazón. Y no hubo amor mas puro en aquellos tiempos, ni en los primeros tiempos que vinieron tras ellos, ni puede que hasta nuestros días, que el de Rut y Noemí. Y hasta la hierba donde sus cuerpos se enlazaban crecía mas verde y las flores de alrededor olían mejor, pues estaban perfumadas con el olor de los sentimientos puros y claros…” Libro Perdido de Rut y Noemí 2: 5-8

Pasó el tiempo desde la marcha de Dios y la tristeza se fue alejando. La nostalgia ya no era tan amarga y los recuerdos eran ahora alegres. Además, la esperanza de que su vuelta estuviese próxima aliviaba a todos y les hacía felices. Adán y Eva se hacían adultos y ya empezaban a hablar sobre el futuro de su descendencia y su responsabilidad ante el Creador. La tierra les había sido regalada para que la poblasen y ampliasen la gran obra de la Creación, para que creasen un mundo de los hombres. Rut y Noemí seguían cuidando de ellos y les aconsejaban y corregían pero también pasaban mas tiempo solas paseando por el Paraíso, jugando entre los árboles, nadando en los ríos o echadas sobre la hierba sin hacer nada y sin apenas hablar, únicamente disfrutando de la compañía de la otra. Cada vez les costaba mas estar separadas y cuando estaban juntas los abrazos, los besos en las mejillas, los roces distraídos, eran cada vez mas frecuentes y mas calculados. Un abrazo ya no duraba solo unos segundos y no era extraño verlas dormir una en brazos de la otra. Un atardecer, Rut llevó a Noemí a un lago rodeado de sauces. Era su lugar favorito. Nunca antes la había llevado allí porque para ella era un lugar especial donde refugiarse, pero aquella tarde el único sitio donde Rut deseaba refugiarse era en el cuerpo de Noemí. Vieron atardecer bajo uno de los sauces, que dejaba colarse los colores de las últimas horas del día entre sus ramas como si fuese el dosel de una cama. Noemí sentada entre las piernas de Rut sintió sus labios en la nuca y como con la nariz, Rut apartaba los mechones de pelo negro que le impedían besar la piel de su cuello. Agarrada a los brazos de Rut cerró los ojos y dejó que la besase en los hombros, la espalda, sintió las caricias de sus manos en sus brazos y en algún momento los dedos de Rut llegaron a sus pechos. Ambas se quedaron paradas casi sin respirar, temiendo y a la vez deseando lo que estaba a punto de pasar. Noemí temblaba esperando que Rut hiciese algo, aunque no sabía muy bien que era lo que quería que hiciese. Sentía la respiración entrecortada de Rut sobre su espalda y un escalofrío recorría su columna cuando su aliento cálido la rozaba. Noemí arqueo su espalda y su movimiento hizo que las manos de Rut apretasen aun mas sus pechos. Gimió y dándose la vuelta saltó sobre Rut. Sujetó su cara entre las manos mirándola como sino la hubiese visto nunca antes. Los ojos color miel de Rut, sus labios carnosos, su pelo castaño oscuro, corto y siempre despeinado. Noemí se acercó despacio a ella y Rut suspiró. Noemí era perfecta, su melena negra llena de rizos que caían por su espalda, sus ojos verdes, las curvas de su cuerpo. Ninguna de las dos podía soportar mas aquel calor que recorría su cuerpo y se hacía fuego entre sus piernas. Se besaron, se desnudaron, se abrazaron y acariciaron, sin saber muy bien ni la una ni la otra que hacer, hasta que el cansancio las venció y se abrazaron sudorosas y casi sin respiración cuando no faltaban mas de unas pocas horas para que el sol volviese a calentar su piel.


Eva resplandecía de felicidad, se pasaba el día sonriendo como en un sueño perpetuo y acariciando su vientre que cada día crecía mas y latía lleno de vida. Adán era su compañero perfecto, la cuidaba y mimaba a cada instante del día y no la dejaba sola ni un momento. Ambos habían sido testigos del amor que había nacido entre los ángeles y se alegraban profundamente de ver la felicidad de ambas. Para ellos era muy importante verlas felices, pues habían sido madres, amigas y protectoras. Un día Adán fue corriendo a buscar a Rut y Noemí. Llegaba riendo y saltando y se abalanzó sobre ellas para abrazarlas. Eva había dado a luz durante la noche, había nacido el primer hijo de los hombres y sus orgullosos padres no podían ocultar la alegría de tener a su primer hijo en brazos.

- No es posible. El primer hijo de los hombres nació fuera del Paraiso. Eva y Adán ya habían sido expulsados. - Tanya se aferraba tan fuerte a su espada que tenía los nudillos blancos.
- Es peor aun de lo que imaginaba. Este libro es como una sentencia de muerte. - Norna y Moira se miraron. Ahora mas que nunca sabían que aquello podía conducirlas al abismo. - Norna, tienes que ayudarnos a huir. Tanya y yo nos llevaremos el libro y buscaremos a los Guardianes expulsados. Solo ellos nos pueden ayudar a traducirlo.
- Y yo os protegeré con un ejército de ocultos.
- ¿Ocultos? - Tanya cada vez entendía menos.
- Los ocultos son ángeles expulsados que no tenían rango alguno, ángeles inferiores. No todos reniegan despues de perder sus alas y siguen ayudando a los Guardianes siempre que pueden.
- Hmm- Tanya gimió y agachó la cabeza. La mirada de Norna y de Moira no dejaba lugar a dudas. Iban a convertirse en renegadas, iban a cometer traición. O tal vez iban a liberar a los demás ángeles, a convertirse en la última esperanza de conceder la libertad a todos aquellos que como ellas amaban sin normas ni restricciones absurdas. Eran las protectoras del Libro de Rut y Noemí.

Karen Rodriguez Zapico

miércoles, 21 de abril de 2010

Lirios

Hubo una vez, o tal vez en realidad nunca lo hubo, dos lirios. Dos hermosas flores que crecieron juntas en medio de la mala hierba que se apoderó de lo que un tiempo había sido un frondoso jardín…Mentira.
Nunca. Nunca hubo un hermoso jardín ni las dos flores crecieron juntas porque las separaron y las obligaron a vivir lejos, encerrada una en un manicomio y la otra en un jardín amurallado donde una criada la dejaba por las mañanas y la recogía por las noches. En un jardín de altos muros donde apenas llegaba la luz del sol y como única salida tenía una vieja y chirriante puerta de hierro cerrada con siete llaves, todas ellas colgadas de las faldas de la silenciosa criada. En medio había un pozo tapado con una piedra de mármol y una fuente que no echaba agua y en la que se acumulaba verdosa y putrefacta la lluvia. Tristes enredaderas secas intentaban escapar trepando por los muros del jardín.
El jardín de los lirios, el jardín de su madre, donde este lirio atrapado y aquel otro lirio de cabellos castaños y sonrisa de campanilla, se escondían bajo las ramas de un sauce y compartían besos furtivos y caricias esquivas. Donde una noche de luna blanca cayeron al suelo las sedas de sus vestidos y se hicieron lecho sus ropas y sus cuerpos suaves bailaron danzas locas y prohibidas. Y se llenó el aire de susurros y jadeos, y del olor de sus pieles y del sabor de sus bocas. Noche tras noche se escapaban a aquel lugar secreto que era solo de ellas y en el que solo ellas podían ser felices. Años antes su padre lo había cerrado al morir su madre y nadie lo cuidaba ahora por eso nunca fue un bonito jardín, pero sí un lugar feliz.
Se pinchó el dedo con las espinas de un rosal moribundo. De la blanca yema empezó a brotar una gota de sangre que cayó sobre una baldosa rota. Se llevó el dedo a sus labios rojos y una lágrima rodó por una mejilla pálida. No eran sus ojos mas verdes que la hierba, aunque lo había escuchado muchas veces, ni su pelo brillaba como el azabache aunque su doncella se lo dijese todos los días, ni era hermosa lejos de su amado lirio.
Ese lirio de ojos del color de la miel y dulce voz. Ese lirio que corría a buscarla por las mañanas y paseaba agarrada a su brazo siempre sonriendo y llenándolo todo de luz a su paso. Ese lirio al que un día prometieron con un hombre al que no amaba y nunca amaría y corrió a buscarla y la arrastró al jardín para compartir con ella lo que no quería compartir con nadie mas. Y entre lágrimas y promesas se entregaron la una a la otra y esa noche su baile se hizo desesperado y exigente y los besos se hicieron mas profundos y las caricias se clavaban en la piel y les dolía el cuerpo de querer permanecer juntas siempre.
No hubo “siempre”. No hubo jardín hermoso. Ni los lirios crecieron juntos, ni siquiera volvieron a verse. El amor nunca puede ser pecado cuando es correspondido y respetuoso. Pero las leyes de los hombres son inquebrantables y las llamaron pecadoras, las acusaron de estar locas, enfermas. Ahora los lirios lloran lágrimas de rocio cada una encerrada en su propia soledad, que se retuerce y muerde los rincones donde los recuerdos se esconden y gritan de miedo.

 
Dos lirios uno de colores vivos y otro de colores suaves, crecían juntos en un hermoso jardín….
Y nadie fue feliz, ni comió perdices.

NOTA: Otra vez debo dar las gracias a Martha por servirme de inspiración...
Pintura: Martha Barreiro Román, Texto: Karen Rodriguez Zapico

martes, 20 de abril de 2010

La chica del tren

Me senté tranquilamente, mas o menos en el mismo asiento de siempre. Mi cabeza era un permanente batir de olas que traían y arrastraban el recuerdo de mi ex novia oprimiéndome el estómago y haciéndome removerme intranquila en el ya de por sí, incómodo asiento de tren. Demasiadas cosas en la cabeza. Demasiados recuerdos que cada vez se pudren mas, demasiada gente diciendo que ya es hora de olvidar, demasiados buenos momentos que de repente se aferran a las paredes de la memoria y se niegan a abandonar. Respiré hondo y traté de poner orden en mi cabeza. Hacía menos de veinticuatro horas antes había tenido la peor recaída desde mi ruptura, que no era precisamente reciente, mas de un año atrás. Fue como haber estado en un sueño permanente un año entero y de repente despertar y ver que toda tu vida está destrozada, como si te hubiesen bombardeado miles de aviones, y lo único que puedes hacer es intentar salir adelante o, al menos, empezar a caminar y salir de la ciudad en ruinas que es tu corazón.



Para intentar entretenerme mi mejor amiga me había acogido en su casa el día antes cuando se me cayó el mundo encima sin razón ni motivo aparente y habíamos dedicado un rato a una sesión de psicología casera según la cual acabamos llegando al acuerdo de que ni mi ex iba a volver, ni era la mujer de mi vida y ya era hora de pasar página. La supuesta mujer de mi vida estaba mas o menos cerca de aparecer y debía llevar puesto algo marrón la primera vez que la viese porque ella lo había soñado. Todo eso acompañado con un listado de todas las cualidades que yo siempre busqué en la persona con la que compartir mi vida y que íbamos diciéndonos en voz alta mientras nos inventábamos entre las dos a mi mujer perfecta. Es algo que hacemos a veces para recordarnos lo que de verdad queremos conseguir y no lo que en ese momento creemos que queremos. Llegamos a la conclusión de que mi alma gemela debía ser inteligente, divertida, madura, dulce, sensual, apasionada, algo tímida, una persona leal y fiel, con ganas de empezar una historia encaminada a compartir un futuro y no solo unos meses de cama. Y cuando mas hundida estaba y mas me ahogaban mis lágrimas, en algún momento, en medio del absurdo de aquel listado de virtudes, me quedé sin voz y sin ganas de llorar y me di cuenta de algo que hacía tiempo que sabía y no quería admitir. No quería que volviese. Sencillamente ya no estaba enamorada y ella me había decepcionado tanto y me había hecho tanto daño que ya no la quería mas a mi lado. No tenía nada de lo que yo buscaba en mi pareja perfecta y lo poco que tenía lo había matado con mentiras y mas mentiras. Desengaño tras desengaño me había alejado de ella y lo único por lo que yo lloraba era el espejismo de la felicidad que habíamos compartido al principio y de la que ya no quedaba nada. No se porque razón nos aferramos a recuerdos y buenos momentos que no nos dejan salir adelante y son como pesos amarrados en nuestras piernas que nos impiden avanzar y nos mantienen presas en un momento de nuestra vida que, en el fondo, sabemos que no va a volver porque aunque esa persona regresase a nuestro lado, no lo haría la felicidad.

Y ahí estaba yo al día siguiente en el tren esperando que saliese de la estación para llegar a mi casa y meterme en la ducha, con los últimos recuerdos de mi antiguo amor arañando la superficie y clavando las uñas para que no los arrastrase la marea. Y entonces sonreí. Sin mas. Cuando la ví entrar en el tren sonreí. En menos de un minuto tuve que reprimir una carcajada y un poco mas tarde, las ganas de gritar me estaban volviendo loca. Entró con su madre, su hermana y un carricoche. Era morena y llevaba un “plumas” marrón y beige, el pelito cortado por debajo de las orejas y recogido detrás de ellas y tenía unos ojos marrones preciosos. Cada vez que se le escapaba algún mechón de pelo de las orejas y se lo llevaba hacia atrás con sus dedos me volvía loca imaginando lo suave que podía ser. No dejó de mirar al carrito donde iba la que supongo tiene que ser su sobrina. Verla sonreír al bebé me produjo una sensación cálida y suave por toda la piel, muy dulce. A esas alturas yo estaba fuera de mi misma, viéndome desde el techo con cara de idiota y esa sonrisa permanente de quinceañera enamorada imposible de borrar. Me miró, o eso me pareció porque el requisito de ser un poco tímida lo cumplió a la perfección y cada vez que nuestros ojos se encontraban volvía la cabeza. La ví morderse los labios un par de veces, con la consecuente sacudida en todo mi cuerpo, la ví mirar de reojo desde el reflejo del cristal, llevarse el mechón rebelde de pelo detrás de la oreja, sonreírle al bebe,... y entonces llegamos a su parada, no mas de diez minutos de trayecto. No puedo explicar ni saber en que momento de mi vida me volví tan rematadamente loca como para que una total desconocida me hiciese sentir como me sentí en ese espacio de tiempo tan inmensamente corto. Así que seguí sentada en aquel tren, camino de mi casa, concentrándome en olvidarme de mi ex y dándome cuenta de que me resultaba mucho mas fácil apartar a mi viejo amor de mi cabeza, que dejar de pensar en la desconocida.
Sentada en el mismo asiento de siempre, en mi cara ese día nacía una sonrisa...

 
Casualidades de la vida, o no. No fue la única vez que la ví. No se si porque empecé a fijarme en ella o porque ella se aficionó a coger el tren. Y desde ese mes de Noviembre, no demasiado frío, ni lluvioso, ni especialmente deprimente como cabría esperar de cualquier novela dominada por la cosas del destino, no ha pasado ni una semana en la que no la haya visto al menos una vez. Y todas y cada una de esas veces, ahora sí que estoy segura, el viaje se convirtió en una danza de miradas que se esquivan pero no se pueden reprimir. Buscándonos, cuando no podíamos mirarnos de frente, en el reflejo de algún cristal o entre las cabezas de la gente, apoyando nuestras propias cabezas en la ventana en posturas no siempre cómodas, mordiéndonos los labios y tapándonos la boca con la mano para ocultar alguna sonrisa. Y así ha pasado casi medio año de mi vida, en el que mi mejor amiga ha dejado de hablarme, mi ex se ha convertido en mi único apoyo y cada día cojo el tren esperando ver esa mirada dulce que me busca y a la vez me esquiva y esa sonrisa que hace que se me acelere el corazón y no pueda pensar en otra cosa. Aunque pueda parecer el argumento de alguna película romántica es la pura realidad y al final, imagino, un día desaparecerá, o yo rearé mi vida y la iré apartando de mis pensamientos poco a poco. Pero nunca mas, jamás, podré coger el tren sin esperar verla cuando se acerque a su parada.


viernes, 16 de abril de 2010

Violetas

     Es una playa de arenas negras y piedra, adornada por la espuma blanca de las olas que rompen en leves murmullos. No hay mas luz que la luz pálida de la luna llena que parece gritar en el silencio, rodeada de una comparsa de tenues estrellas que, mas que brillar, lloran su luz en el negro cielo. Hasta la leve brisa de la costa es en este lugar pesada y trae con ella el olor a las almas de los difuntos, que es el olor de las violetas de medianoche que adornan los cabellos de la mujer que está de pie mirando al mar. El aire trae consigo un calor frío que hiela la sangre. Hermosa como una tormenta la dama contempla en silencio el horizonte bajo un velo negro que la cubre desde la cabeza hasta los pies y se enrosca en su cuerpo agitado por la brisa. Por su pálida mejilla resbala una lágrima, lenta como el pasar de las horas de una noche en soledad, que desde su rostro cae al suelo con el sonido de una pequeña campanilla. Y otra, y otra, y otra. Y la playa se convierte en un lúgubre salón de baile en el que las jóvenes doncellas danzarán al acompasado son de miles de pequeñas campanas que rebotan en la arena negra y en las piedras afiladas. La dama se arranca el velo con furia y lo sujeta con una mano, el brazo levantado, hasta que la brisa se vuelve vendaval y lo suelta para que vuele lejos convertido en un montón de cuervos negros. Las violetas marchitas que adornan su cabello negro desprenden ahora con mas intensidad un dulzón olor a sangre. La Dama camina hacia el agua oscura con sus pálidos pies descalzos y su vestido de luto ajado por el paso de los años con sus sedas rasgadas. La sonrisa enloquecida en sus labios rojos y en sus ojos grises, fríos como hielo, se vuelve graznido de cuervo cuando comienza a reír y a dar vueltas en una danza solitaria que la lleva dentro de las aguas negras del mar. La espuma blanca de las olas es como el velo de un vestido de novia que desprendiéndose de la cabeza se enrosca alrededor de la mujer. Alguna violeta se suelta de sus cabellos mientras gira dentro del agua y cae a su alrededor como lluvia de flores. Sus lágrimas, a pesar de su estremecedora risa, no han cesado, y rebotan en las aguas mezclándose la sal con la sal, el dolor con el dolor. Cansada sale del mar y se tumba sobre la arena bajo la los rayos de la luna llena. Miles de cuervos caen sobre ella y se transforman en velo negro que la cubre de nuevo. El vendaval se vuelve brisa pesada, calor frío con olor a muerte y a locura. Ya no hay lágrimas de campanilla ni risas enloquecidas. En su sueño una mano suave y cálida acaricia su rostro y se enreda en sus cabellos. Hay una voz llena de amor que susurra en su oído y unos labios que deslizan su aliento sobre su cuello. Siente el calor del cuerpo que se pega al suyo, su peso, su suavidad. El olor de la piel de su amada llena el aire. Puede oír sus risas, sus susurros, sus gemidos. Palabras de amor que se pierden en el viento. Puede sentir cada caricia, cada beso de ambas bailando en perfecta armonía una danza que no cesa hasta que sale el sol. Ha traído violetas. Ella siempre trae violetas y las tira por toda la cama para que las sábanas y su propia piel se impregnen de su olor mientras bailan sobre ellas. Ese olor a flores frescas es, en su sueño, olor a caricias dulces a besos tiernos, a la piel de una mujer haciendo el amor con otra mujer. Algo la despierta. Un dolor en su corazón tan agudo que la hace gritar en la playa negra. Las violetas vuelven a oler a muerte. Y a su memoria vuelven como cuervos negros aquellos hombres que se decían hombres de Dios y arrancaron de sus brazos a su amante para ejecutarla delante de los ojos vacíos de un pueblo sometido al miedo y la tiranía. Cuando la cuerda apretó el cuello blanco de su amada, juró venganza. Cuando ella misma fue ejecutada les gritó que volvería a por ellos. Ha pasado mucho tiempo pero su alma no descansará hasta que haya acabado con todos. Y luego podrá descansar en paz entre los brazos de la mujer que siempre ha amado. De momento este amanecer irá a buscar a uno más para beber su sangre hasta darle muerte. Uno a uno, en el aniversario de la noche en que le arrebataron la vida a su mujer. Uno a uno caerán para que su amada y ella puedan descansar una al lado de la otra toda la eternidad…

NOTA: Aunque la imagen en principio no parezca tener relación con la historia fue a partir de ese cuadro de donde surgieron las palabras y las imagenes en mi cabeza. El cuadro es de una persona importante para mi que siempre consigue, haga lo que haga, que mi cabeza se ponga a trabajar. Ya sea escribiendo historias, dibujando o intentando hacer poesia. Gracias Martha, porque estando cerca de ti, siempre consigo sacar lo mejor de mi misma. Espero que te guste.

Pintura: Martha Barreiro Román, Texto: Karen Rodriguez Zapico

viernes, 2 de abril de 2010

Una rosa de la tumba de Homero

Conmemorando el 205º aniversario del nacimiento de Hans Christian Andersen



En todos los cantos de Oriente suena el amor del ruiseñor por la rosa; en las noches silenciosas y cuajadas de estrellas, el alado cantor dedica una serenata a la fragante reina de las flores.
No lejos de Esmirna, bajo los altos plátanos adonde el mercader guía sus cargados camellos, que levantan altivos el largo cuello y caminan pesadamente sobre una tierra sagrada, vi un rosal florido; palomas torcaces revoloteaban entre las ramas de los corpulentos árboles, y sus alas, al resbalar sobre ellas los oblicuos rayos del sol, despedían un brillo como de madreperla.
Tenía el rosal una flor más bella que todas las demás, y a ella le cantaba el ruiseñor su cuita amorosa; pero la rosa permanecía callada; ni una gota de rocío se veía en sus pétalos, como una lágrima de compasión; inclinaba la rama sobre unas grandes piedras.
-Aquí reposa el más grande de los cantores -dijo la rosa-. Quiero perfumar su tumba, esparcir sobre ella mis hojas cuando la tempestad me deshoje. El cantor de la Ilíada se tornó tierra, en esta tierra de la que yo he brotado. Yo, rosa de la tumba de Homero, soy demasiado sagrada para florecer sólo para un pobre ruiseñor.
Y el ruiseñor siguió cantando hasta morir.
Llegó el camellero, con sus cargados animales y sus negros esclavos; su hijito encontró el pájaro muerto, y lo enterró en la misma sepultura del gran Homero; la rosa temblaba al viento. Vino la noche, la flor cerró su cáliz y soñó:
Era un día magnífico, de sol radiante; se acercaba un tropel de extranjeros, de francos, que iban en peregrinación a la tumba de Homero. Entre ellos iba un cantor del Norte, de la patria de las nieblas y las auroras boreales. Cogió la rosa, la comprimió entre las páginas de un libro y se la llevó consigo a otra parte del mundo a su lejana tierra. La rosa se marchitó de pena en su estrecha prisión del libro, hasta que el hombre, ya en su patria, lo abrió y exclamó: «¡Es una rosa de la tumba de Homero!».


Tal fue el sueño de la flor, y al despertar tembló al contacto del viento, y una gota de rocío desprendida de sus hojas fue a caer sobre la tumba del cantor. Salió el sol, y la rosa brilló más que antes; el día era tórrido, propio de la calurosa Asia. Se oyeron pasos, se acercaron extranjeros francos, como aquellos que la flor viera en sueños, y entre ellos venía un poeta del Norte que cortó la rosa y, dándole un beso, se la llevó a la patria de las nieblas y de las auroras boreales.
Como una momia reposa ahora el cadáver de la flor en su Ilíada, y, como en un sueño, lo oye abrir el libro y decir: «¡He aquí una rosa de la tumba de Homero!»






FIN

jueves, 1 de abril de 2010

El Gato de Cheshire (Alicia en el País de las Maravillas)

Alicia tuvo un ligero sobresalto al ver que el Gato de Cheshire estaba sentado en la rama de un árbol muy próximo a ella. El Gato, cuando vio a Alicia, se limitó a sonreír. Parecía tener buen carácter, pero también tenía unas uñas muy largas Y muchísimos dientes, de modo que sería mejor tratarlo con respeto.

—Minino de Cheshire —empezó Alicia tímidamente, pues no estaba del todo segura de si le gustaría este tratamiento: pero el Gato no hizo más que ensanchar su sonrisa, por lo que Alicia decidió que sí le gustaba—. Minino de Cheshire, ¿podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?
—Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar —dijo el Gato.
—No me importa mucho el sitio… —dijo Alicia.
—Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes —dijo el Gato.
—… siempre que llegue a alguna parte —añadió Alicia como explicación.
—¡Oh, siempre llegarás a alguna parte —aseguró el Gato—, si caminas lo suficiente!
A Alicia le pareció que esto no tenía vuelta de hoja, y decidió hacer otra pregunta: —¿Qué clase de gente vive por aquí?
—En esta dirección —dijo el Gato, haciendo un gesto con la pata derecha— vive un Sombrerero. Y en esta dirección —e hizo un gesto con la otra pata— vive una Liebre de Marzo. Visita al que quieras: los dos están locos.
—Pero es que a mí no me gusta tratar a gente loca —protestó Alicia.
—Oh, eso no lo puedes evitar —repuso el Gato—. Aquí todos estamos locos. Yo estoy loco. Tú estás loca.
—¿Cómo sabes que yo estoy loca? —preguntó Alicia.
—Tienes que estarlo afirmó el Gato—, o no habrías venido aquí.

 
Alicia pensó que esto no demostraba nada. Sin embargo, continuó con sus preguntas: —¿Y cómo sabes que tú estás loco?

 
—Para empezar —repuso el Gato—, los perros no están locos. ¿De acuerdo?
—Supongo que sí —concedió Alicia.
—Muy bien. Pues en tal caso —siguió su razonamiento el Gato—, ya sabes que los perros gruñen cuando están enfadados, y mueven la cola cuando están contentos. Pues bien, yo gruño cuando estoy contento, y muevo la cola cuando estoy enfadado. Por lo tanto, estoy loco.
—A eso yo le llamo ronronear, no gruñir —dijo Alicia.
—Llámalo como quieras —dijo el Gato—. ¿Vas a jugar hoy al croquet con la Reina?
—Me gustaría mucho —dijo Alicia—, pero por ahora no me han invitado.
—Allí nos volveremos a ver —aseguró el Gato, y se desvaneció.

 
A Alicia esto no la sorprendió demasiado, tan acostumbrada estaba ya a que sucedieran cosas raras. Estaba todavía mirando hacia el lugar donde el Gato había estado, cuando éste reapareció de golpe.

 
—A propósito, ¿qué ha pasado con el bebé? —preguntó—. Me olvidaba de preguntarlo.
—Se convirtió en un cerdito —contestó Alicia sin inmutarse, como si el Gato hubiera vuelto de la forma más natural del mundo.
—Ya sabía que acabaría así —dijo el Gato, y desapareció de nuevo.

 
Alicia esperó un ratito, con la idea de que quizás aparecería una vez más, pero no fue así, y, pasados uno o dos minutos, la niña se puso en marcha hacia la dirección en que le había dicho que vivía la Liebre de Marzo.

 
—Sombrereros ya he visto algunos —se dijo para sí—. La Liebre de Marzo será mucho más interesante. Y además, como estamos en mayo, quizá ya no esté loca… o al menos quizá no esté tan loca como en marzo.

 
Mientras decía estas palabras, miró hacia arriba, y allí estaba el Gato una vez más, sentado en la rama de un árbol.

 
—¿Dijiste cerdito o cardito? —preguntó el Gato.
—Dije cerdito —contestó Alicia—. ¡Y a ver si dejas de andar apareciendo y desapareciendo tan de golpe! ¡Me da mareo!
—De acuerdo —dijo el Gato.

 
Y esta vez desapareció despacito, con mucha suavidad, empezando por la punta de la cola y terminando por la sonrisa, que permaneció un rato allí, cuando el resto del Gato ya había desaparecido.

 
—¡Vaya! —se dijo Alicia—. He visto muchísimas veces un gato sin sonrisa, ¡pero una sonrisa sin gato! ¡Es la cosa más rara que he visto en toda mi vida!

martes, 23 de marzo de 2010

Angeles II

TANYA



     Moira caminaba por encima de la nieve dejando que el frío recorriese su cuerpo. Pequeños copos caían sobre ella y se derretían en su pelo y en sus ropas. Su piel estaba más pálida que de costumbre y los labios se veían amoratados bajo la blanquecina luz de la luna. Tenía el pelo empapado y pequeñas gotas se helaban en sus puntas. No llevaba puesto más que el fino vestido que tenía para custodiar las Puertas del Cielo y en medio de aquel bosque nevado empezaba a sentirse dulcemente débil. Sabía que sino se daba prisa en encontrar refugio o un lugar cálido acabaría muriendo helada. Pensó en tumbarse a descansar un rato pero en seguida lo descartó. Aquel extraño cansancio era la fatiga con la que el frío te va robando la vida. Pero lo peor eran sus alas, no le respondían y además el hielo que cubría sus plumas las hacía tremendamente pesadas. Le dolía la espalda por el peso y la rigidez, sentía como si se hubiesen vuelto de piedra y en parte así era. En ese momento sus magníficas alas eran dos enormes y hermosas esculturas de hielo cargadas sobre sus hombros. Intentó moverlas para sacudir la nieve que se acumulaba sobre ellas pero no pudo. Caminaba a trompicones sin saber muy bien hacia donde, lo único que quería era encontrar un lugar cálido donde poder descansar. Siempre había pensado que en la Tierra lo peor a lo que tendría que enfrentarse sería el día, pero en aquel país de nieves perpetuas el frío había demostrado ser un enemigo aún mas fuerte. Moira era un ángel de la noche, un ser acostumbrado a la luz pálida de la Luna y las noches frías pero no conocía la nieve, ni el hielo, ni el aire del Norte. Tropezó. El pie se le quedó enganchado en una raíz y al caer sintió un pinchazo en el tobillo. Desenganchó el pie con mucho cuidado y se lo masajeó suavemente. El dolor la traspasó y por unos segundos sintió el calor de la sangre que le latía en todo el cuerpo. Se apoyó en el árbol para intentar levantarse y al apoyar el pie creyó que el tobillo le estallaría. El dolor la llevó de nuevo al suelo y la dejó casi sin fuerzas para moverse así que se quedó allí echada sujetándose las rodillas entre los brazos para guardar el poco calor que le quedaba y cerró los ojos. Pensó en Norna y en como después de haberla abandonado había vuelto a su lado. En como, poco a poco, había cerrado sus heridas y enterrado sus rencores y había entendido que su amistad era demasiado buena para dejarse llevar por el odio y la rabia. Habían hablado y llorado juntas y al final habían entendido que simplemente hay veces que no basta solo con amar. Que no importa lo fuerte que fuera su amor, había cosas que nunca podrían superar juntas y a las que no se podían enfrentar. Nunca habían vuelto a ser amantes pero sí eran grandes amigas y Norna la entendía y la apoyaba en todo. Por eso, cuando en una de sus conversaciones Moira le había hablado de abandonar las Puertas, Norna le había prometido ayudarla en todo lo que pudiese. Podía recordar perfectamente aquel atardecer, mas rojo que ninguno y el mas cálido de los que había vivido. Podía recordar a Norna animándola a seguir sus sueños, a no rendirse en su búsqueda del amor. No. Norna nunca volvería a ser suya, tampoco era lo que Moira quería, pero siempre podría volver a sus brazos y encontrar allí el valor para seguir adelante. Y con aquel último pensamiento para Norna. Moira se dejó llevar por el sueño.

     Abrió los ojos intentando mantener la conciencia, no sabía cuanto rato llevaba allí tirada pero sabía que sino hacía algo pronto moriría. Solo veía montículos de nieve entre los árboles y algún pequeño arbusto que todavía no estaba cubierto del todo. Trató de levantarse pero no pudo. Se apoyó en los brazos y levantó medio cuerpo, respirando con esfuerzo. Delante de su cara su aliento formó una pequeña nube. Sus brazos temblaban por el frío y por el peso de su cuerpo. Moira agachó la cabeza y giró sus caderas para intentar ponerse de rodillas. Algo se movió delante de ella. Entre los árboles vió dos figuras que se movían de un lado a otro con rapidez. Eran dos lobos gigantes de pelaje gris que a la luz de la luna parecían seres de plata. No les tenía miedo, Moira era un Ángel nocturno, conocía a las criaturas de la noche y además a aquellos dos enormes y hermosos lobos ya los había visto días atrás. Estaba casi segura de que la estaban siguiendo pero no entendía porque. Intentó llamarlos. Si conseguía atraerlos y hablarles tal vez podrían ayudarla, darle calor, llevarla a algún sitio seguro. Pero en la tierra sus poderes no funcionaban. Moira lo sabía desde que sus alas habían dejado de volar a los pocos días de haber escapado de las Puertas. Había intentado llamar a Norna pero tampoco había podido. Los lobos no parecían escuchar sus angustiadas súplicas y una lágrima rodó por las mejillas de Moira. Intentó gritar pero de su castigada garganta solo salió un débil gemido. Los lobos no se acercaban así que decidió que lo mejor era intentar llegar hasta ellos. Comenzó a gatear. A los dos pasos sus brazos se hundieron en un pequeño pozo oculto por la nieve. Al sacarlos estaban llenos de arañazos y espinas pero casi no los sentía así que el dolor no le impidió seguir. Había captado su atención. Ahora ambos ejemplares la miraban. Sus ojos eran tan grises como su pelaje pero no había nada en ellos que pudiera hacer sentir a Moira preocupación. De algún modo sabía que no iban a hacerle daño solo estaban esperando una señal que ella no comprendía y que sin sus poderes no podía leer en sus miradas. Se concentró todo lo que pudo mientras avanzaba lentamente a gatas por el suelo cubierto de nieve. Su respiración se volvió mas lenta y mas profunda. A su alrededor empezaron a formarse remolinos con la nieve suelta que arrastraba el fuerte viento que se acababa de levantar. Las nubes corrían en el cielo a tal velocidad que no conseguían tapar la luna mas que unos segundos. Moira se detuvo y se concentro aún mas fuerte. Sabia que era su última oportunidad. Si fallaba estaba perdida, estaba agotando sus últimas fuerzas en un intento desesperado de comunicarse con los lobos. Miró fijamente a uno de ellos. “Sergei”. La voz de mujer le llegó a través de la mirada preocupada del animal. Había conseguido contactar con él. Pero ahora venía lo mas difícil, debía conseguir lanzar su voz a través del canal que había abierto. La inundó la rabia. Algo que para ella era tan natural como respirar ahora le parecía un trabajo enorme y casi imposible. Decidió ayudarse de esa rabia y lanzó hacia Sergei lo que apenas fue un gemido que la dejó sin fuerzas e inconsciente. Moira se moría.



     Tanya intuyó mas que oyó la ultima palabra de Moira y saltó por encima del pequeño fuego en el que se calentaba tirando al suelo la taza a la que se había aferrado cuando Sergei había abierto el canal. La noche se había quedado de repente en silencio y un viento frío y fuerte se había desatado en apenas segundos. Había cerrado sus hermosos y grandes ojos, entre azulados y verdosos, para concentrarse mejor. No se oían los ruidos habituales del bosque y aunque fuera de noche, Tanya sabía que un bosque totalmente en silencio era un bosque en el que ocurría algo extraño. Se había criado en aquel lugar, conocía a sus animales, tanto a los del día como a los de la noche, a los cazadores furtivos, el sonido del arroyo, el viento en las ramas. Y en medio de aquel terrible vendaval lo único que podía oír eran los latidos de su propio corazón. Además aquel viento tenía una fuerza y arrastraba una energía que no era natural. Tanya supo que estaba pasando algo y aunque no tenía claro que podía ser, incluso antes de que Sergei la hubiese llamado, sabía que Moira no estaba bien. Se había quedado petrificada delante de las llamas sujetando la taza de café al oír la llamada del lobo. Nicolai el otro gran lobo gris intentaba enviarle una imagen de lo que estaba viendo pero Tanya no le dejó. Moira intentaba comunicarse con ellos. “Se llama Sergei”, Tanya sintió que el canal era tan débil que a Moira solo le había llegado la última palabra. Esperó casi sin respirar. Ni siquiera se había recolocado la capucha de la capa cuando el viento se la había arrancado de la cabeza y ahora sentía como si su rostro estuviese atravesado por miles de pequeñas agujas. “Ayúdame”. Una débil palabra apenas pronunciada y el canal con Moira había desaparecido. Entonces había salido corriendo sin saber muy bien hacia donde. Debía llegar a Moira. Las órdenes eran claras, cuidar al Ángel Guardián. Y aunque no hubiese órdenes o las órdenes hubiesen sido las contrarias, Tanya no podía dejarla morir. Sabía que Moira había escapado y que tendría que pagar por ello pero un Ángel Guardián no podía morir congelado en medio del bosque. No en su bosque. Había estado vigilando a Moira desde que había llegado. Antes de que la hubiesen mandado vigilarla. La había visto acariciar la nieve, jugar con los copos, bailar entre ellos. La había visto desprenderse de la capa de terciopelo que era su único abrigo para cubrir con ella a dos niños que se habían extraviado en el bosque. La había visto reír con cada cosa nueva que encontraba y la había hecho sentir como hacia años que no se sentía. Tanya había recordado sus propias sensaciones cuando la habían nombrado Custodio y la habían enviado a aquellas áridas tierras a velar por las almas perdidas y guiarlas hacia las Puertas. La había sobrecogido la belleza del lugar a pesar del frío. Los lagos helados, la danza de la nieve, la calidez de las gentes. Todo lo que ya no podía ver porque estaba tan acostumbrada que se había hecho invisible a sus ojos, Moira sin saberlo, se lo había mostrado de nuevo. Pero ella ya conocía a Moira de antes. Conocía la enorme belleza del Guardián, la fuerza de su alma y la severidad con la que cumplía su tarea. Y también su compasión y su calor. Había llevado miles de almas hasta ella, se había llenado miles de veces con el calor de su sonrisa y había sentido el miedo cuando la había visto desatar su furia contra algún alma impura que intentaba cruzar las Puertas. Miles de veces frente a ella cuando acompañaba a los extraviados y Tanya no estaba segura de que Moira supiese quien era ella. Una extraña punzada de dolor la atravesó pero también la devolvió a la realidad, Moira se moría en alguna parte. Corrió aun mas rápido mirando sobre su cabeza para encontrar un hueco lo suficientemente grande. Pero en aquel maldito bosque los pinos eran altos y frondosos. No tenía espacio suficiente.

- ¡Lazarov!- La llamada de Tanya resonó en el silencio del bosque y apenas unos segundos mas tarde el chillido del halcón la guiaba hacia un claro, no era muy amplio pero tendría que servir. Tanya entró en el claro como un vendaval y se lanzó contra el tronco de un árbol apoyando un pie en él para coger impulso y saltar hacia arriba. El claro era realmente pequeño, mas de lo que había previsto y en pleno salto se golpeó la cabeza con una rama que no consiguió esquivar. A pesar del golpe Tanya siguió subiendo saltando de rama en rama pero aquello no hacia mas que ralentizarla. Cada vez era mas difícil encontrar una rama donde apoyarse y todavía no tenía suficiente espacio entre las copas de los árboles. Debía llegar un poco mas arriba. A lo lejos oyó el aullido angustiado de Sergei y vió la imagen pálida y casi sin vida de Moira que Nicolai envió a su cabeza. Lazarov chilló mientras daba vueltas en círculo esperando para llevarla hasta el Ángel Guardián. Estaba a media altura y las ramas de los árboles ya no estaban tan pegadas y empezaban a verse pequeños huecos entre ellas aunque ninguno lo suficientemente amplio para tratar de volar a través de él. Otro chillido de Lazarov. El halcón estaba muy inquieto. Tanya siguió trepando por las ramas cada vez mas rápido pero resbaló y al agarrarse al tronco para no caer, bajó unos centímetros rozándose el costado contra la dura corteza. Mas tarde seguramente aquello le resquemaría un rato. Nicolai penetró en su mente con otra preocupante imagen de Moira. Sergei estaba a su lado pero sus labios se veían amoratados y no percibía ningún movimiento que pudiese indicar que seguía respirando. No esperó mas. Desplegó sus alas negras en pleno salto, subió entre las cañas arañándose la cara y los brazos y sintió como su ala izquierda se enganchaba pero en lugar de parar tiro hacia arriba con mas fuerza. La punzada de dolor la dejó sin respiración pero siguió subiendo mientras algunas plumas brillantes como el azabache caían lentamente hasta posarse en la nieve. Al llegar a cielo abierto sintió una ráfaga de frío aire que la golpeó y la hizo retroceder pero se lanzó hacia delante con fuerza. Tanta que no llegó a ver la copa de un pino ligeramente mas alto que el resto justo delante de ella hasta que casi se estrelló contra él. Siempre había sido torpe pero los nervios le estaban jugando una mala pasada. Si a Moira le pasaba algo sus superiores la harían responsable, además aunque Tanya no lo quisiese admitir, amaba al Ángel con todas sus fuerzas. Estaba enamorada de Moira desde que no era mas que un cadete de las fuerzas de los Custodios y acompañaba a su Capitán a recoger y entregar almas al Ángel. La primera vez Moira prácticamente ni la había mirado, al fin y al cabo solo era un custodio. La segunda la había llamado “chico torpe” y Tanya se había atrevido a replicarle diciéndole que no era un chico. Moira era entonces un ángel guardián altivo y orgulloso y Tanya sintió miedo del castigo que seguramente le impondría. Pero se equivocó. Moira solo era así con los que intentaban ganarse su confianza y se pasaban el día adulándola. Se acercó a ella, le pidió perdón y pasó una mano por el cabello corto y anaranjado de Tanya. Aquella caricia la acompañó siempre en sus primeras noches en la Tierra. Después se impuso la Ley del Silencio entre los Guardianes. Nadie podía hablarles ni ellos podían hablar a nadie. Y Tanya vió de lejos y en silencio como esa absurda imposición, y la escasez de almas perdidas las sumía en la soledad y empujaba a Moira a los brazos de Norna y a Norna a los de Moira. Se había levantado la prohibición y las almas volvían a las Puertas, pero Moira ya no podía ser feliz allí. Lazarov y los aullidos de Sergei la devolvieron al presente. El halcón sobrevoló el bosque sin dudar con Tanya tras él y al acercarse al lugar donde esperaban los dos lobos se lanzó en picado en un vuelo suicida. A Tanya le lloraban los ojos por el viento y casi no veía lo que tenía delante. En el último segundo, Lazarov, remontó el vuelo esquivando el golpe contra el suelo. Tanya no tuvo tantos reflejos y frenó contra la nieve a escasos metros de Moira y los lobos que se habían echado a su lado para darle calor. Sergei y Nicolai la miraron fijamente y Tanya pensó que si los lobos pudiesen reírse en ese momento se estarían riendo de ella. Se sacudió la nieve de encima meneando la cabeza. Lazarov estaba posado en una rama cerca de ellos. Moira estaba dormida. Parecía débil pero había recuperado el color. No se estaba muriendo. Con el ceño fruncido miró a los tres animales. Moira suspiró en sueños. Tenía la misma expresión tranquila y confiada que un bebé en brazos de su madre. Ahora si que estaba segura de que se estaban riendo de ella. A su cabeza le llegaron imágenes enviadas por sus tres amigos. Todas eran de niños riéndose tras haber hecho alguna travesura. Aquellos bichos desagradecidos se habían burlado de ella. Sentada en la nieve se dejó caer hacia atrás y se quedó allí echada. Faltaba poco para el amanecer y debía llevar a Moira a un lugar mas sombrío pero de momento podía dejarla descansar un poco mas. Lazarov se posó sobre su estomago y lanzó una disculpa a su mente. Nicolai y Sergei aún no se habían cansado de reírse.

Tanya despertó un par de horas mas tarde con los nervios de punta, casi enterrada en la nieve y con la sensación de que debían salir de allí cuanto antes pero sin saber muy bien porqué. Lazarov chilló por encima de su cabeza y Sergei y Nicolai se removían incómodos. Amanecía. Se levantó de un salto, se sacudió la nieve y fue hasta Moira. Seguía profundamente dormida así que la cogió en brazos tratando de no despertarla y desplegó sus alas con suavidad. Le dolía ligeramente el ala que se había enganchado y empezaban a resquemarle los arañazos, pero debían ir a un lugar seguro. La luz del sol no es buena compañera para los ángeles de la noche ni siquiera en aquel país de oscuridad y nieve. Había mas horas de noche que de día pero aún en aquel oscuro paraje, los débiles rayos del sol podían hacerles daño. Tanya lo sabía bien y la cicatriz, que, después de tantos años, aun quemaba su espalda en algunas ocasiones era un buen recuerdo de lo que el sol podía hacerles. Calculó la distancia hasta su pequeña cabaña y el peso de Moira y decidió que con el sol saliendo a su espalda podría llegar. No sería lo mismo tenerlo de frente cegándola, en ese caso no se arriesgaría y buscaría otro lugar. Así que llamó a Lazarov para saber exactamente hacia donde debía volar. El halcón dio un par de vueltas y se quedó planeando mirando hacia el Oeste. Perfecto, justo en dirección contraria al sol y como había calculado, no le llevaría mas de unos pocos minutos. La parte mala es que no sabía si tendría ese tiempo, ya había demasiada claridad. Entrecerró los ojos para que no le hiciese daño la luz, acomodó a Moira en sus brazos y se elevó despacio pensando en su accidentado despegue anterior. Moira se revolvió pero no llegó a despertarse, suspiró y escondió su cabeza en el cuello de Tanya rehuyendo de la inminente claridad. Tanya cruzó el cielo todo lo rápido que pudo mientras tras ellas amanecía, y llegó a su refugio cuando los primeros rayos del sol calentaban sus alas. Un ligero olor a quemado le llegó desde su espalda. Seguramente alguna de sus plumas pagaría las consecuencias de no haber vuelto antes a casa. Resopló mientras se posaba suavemente delante de la puerta de la cabaña y la empujaba para entrar. Pensó en su instructor cuando aún era una simple cadete. Una sonrisa asomó a sus labios. El pobre hombre se había pasado mas tiempo sufriendo por su alumna que enseñándola. Se había caído cien mil veces, se había herido con su propia espada otras tantas, se pasaba el día tropezando y no había aterrizaje ni despegue que para ella no fuese un auténtico suplicio. Sus alas siempre estaban magulladas y a menudo, sus plumas parecían envejecidas y sin brillo porque nunca conseguía ser lo suficientemente rápida cuando los hacían entrenar. Un amanecer cuando todos los cadetes esperaban la señal que marcaba el inicio de la carrera contra el sol, Tanya se enredó con la rama de un árbol, o eso le pareció al principio. Nadie vió nada o si lo vieron no lo dijeron. Los instructores dieron la señal y todos los ángeles salieron volando para evitar que los rayos del sol los alcanzasen, pero ella no conseguía soltarse y la claridad era cada vez mayor. Luchó desesperada y al final consiguió romper su túnica y emprender el vuelo. Pero el sol ya asomaba tras la colina y además estaba casi desnuda. Llegó a los instructores, que la esperaban con preocupación a punto de enviar a los ángeles del día a buscarla, en el último segundo y con una herida impresionante en la espalda. Un rayo de sol la había alcanzado, una cicatriz ardiente que la acompañaría toda su vida y le cruzaba en diagonal la espalda desde el hombro derecho hasta morir en su cadera. Su túnica apareció amarrada al árbol pero nunca se supo quien había sido. Tanya tampoco quería saberlo, no quería que el odio que sentían algunos de sus compañeros le envenenase el alma. Nunca fue buena alumna pero contaba con el apoyo de los instructores y eso molestaba al resto pero ella no entendía porqué la odiaban de aquella manera. Mas tarde supo que alguien había hecho correr el rumor de que aún siendo mala alumna la habían propuesto para ser Custodio. Un privilegio reservado solo a los mejores alumnos y no todos los mejores lo conseguían. Tanya no se creyó el rumor pero el resto si, y ninguno creía que aquel ridículo y torpe ángel se lo mereciese. En clase se distraía con cualquier cosa, no era capaz de prestar atención durante mas de diez minutos y nunca sabía la respuesta a lo que le preguntaban. Tanya se había graduado casi tres meses mas tarde que resto de sus compañeros, pero su torpeza se compensaba con su enorme capacidad para escuchar y consolar a las almas perdidas, para guiarlas hacia las Puertas. Y así fue como el rumor se convirtió en nombramiento y Tanya en un Custodio. Su ternura, su capacidad de entender el dolor y aliviarlo, su compasión y su enorme capacidad para amar todo lo que la rodeaba fueron suficientes para los instructores. Era alegre y siempre estaba sonriendo y animando a todo aquel que le pidiese ayuda. Su sonrisa era cálida y dulce como un abrazo y en su mirada un brillo travieso hacía sentir mejor a quien acudía en busca de ayuda. Ella había nacido para ser Custodio, lo era por vocación y no por entrenamiento. Ningún alto mando se había opuesto a su nombramiento. Solo algún compañero había protestado pero en realidad como nadie quería ir donde la habían destinado, pronto se olvidaron del tema y la recibieron como una mas, no sin antes cortarle el pelo mientras dormía y dejar reducida su larga melena a cuatro pelos de punta. Nunca mas se lo dejó crecer. Tanya pensó que en realidad no había tenido demasiados amigos. No caía bien a sus compañeros porque siempre la habían considerado débil y demasiado sensible. Sus compañeras la evitaban y preferían no hablar con ella. Y los únicos que siempre estaban cerca de ella eran una cría de halcón y dos lobeznos que había rescatado de los furtivos en una visita a los bosques con su instructor. Pero era feliz. No tenía mas que una pequeña cabaña, a esos tres bichejos retorcidos y la satisfacción que le provocaba ayudar a las almas a conseguir el descanso que tanto merecían. No necesitaba nada mas, pero en aquel momento con Moira pegada a su cuerpo…Tanya volvió al presente con un movimiento de cabeza. Estaba plantada en medio de la cabaña con Moira en brazos sin saber muy bien donde dejarla. Si hubiese sabido que iba a tener visita, hubiese recogido un poco. Al final la llevó al sofá, apartó un montón de mantas y cojines, los tiró al suelo y la echó allí. Se giró, comenzó a evaluar el pequeño desastre que era en aquel momento su salón y gimió. Le llevaría horas limpiar aquello. Sus horas de sueño. Sergei y Nicolai, enroscados delante de la chimenea la miraban con burla. Lazarov apoyado en el perchero chilló. Tanya cerró por instinto el canal por el que se comunicaba con ellos. No quería ver ni un solo niño más riéndose.


Moira fue despertando poco a poco de un pesado sueño. Se sentía dolorida y cansada pero al menos ya no sentía frío. Trató de abrir los ojos pero vió claridad frente a ella y temió que fuese el sol. Enseguida se dio cuenta de que no podía ser, sino estaría ardiendo. Sentía calor, pero no el dolor que habría sentido a la luz del día, era un fuego. Abrió un solo ojo y vió frente a ella una pequeña chimenea y a los dos lobos durmiendo cerca de las llamas. Solo sabía que uno de ellos se llamaba Sergei y que la habían estado cuidando pero no sabía nada mas. Pensó en abrir el otro ojo para ver mejor pero se sentía sin fuerzas para hacerlo y justo entonces algo se movió cerca de ella. Moira se incorporó despacio para poder ver mejor al ángel. Era un Custodio. Las alas negras, aunque en aquel caso no demasiado majestuosas, el tatuaje de su brazo izquierdo que dibujaba una cruz con la que marcaban a los cadetes que se graduaban, y sobre ella una Flor de Lis, símbolo de los Custodios. Y aquel pelo anaranjado. Sobretodo aquel pelo siempre de punta que le daba un aspecto travieso e infantil. Tanya. Moira la hubiese reconocido en medio de la nada desde el día mismo en que al confundirla con un chico se había girado y le había dicho algunas cosas no demasiado oportunas para su rango. Y después aquella sonrisa, dulce y tierna que se grabó en el corazón de Moira para siempre. Contuvo una sonrisa y se sentó en el sofá con las piernas cruzadas mientras la veía ir de acá para allá sin darse cuenta de que la observaba. Sin duda Tanya. Solo ella podía montar aquel desastre de camisas, sombreros, botas y cojines y mantas, y tratar de recogerlo todo a la vez y en medio segundo. Se enroscó el pie en una manta y estuvo a punto de irse al suelo. Moira aguantó la carcajada. Trató de ponerse seria para ver la reacción de Tanya al verla despierta pero al cabo de un rato allí sentada se cansó. Sin decir nada, mordiéndose el labio para no reírse, mientras Tanya corría de un lado a otro, Moira se levantó y manteniéndose siempre a su espalda para que no la viese se acercó a ella.
- Chico torpe.- Tanya gritó, saltó y se giró enrojeciendo y ocultando a su espalda un montón de ropa sucia. Moira se cubría la sonrisa con las manos mientras se ponía de puntillas y se inclinaba por encima de su hombro para poder ver lo que escondía tras ella. - ¿Aún no has aprendido a recoger tus cosas?
- No… yo, es que…- Tanya suspiró avergonzada y apartó la vista. No sabía donde meterse pero juntó el poco valor que le quedaba y mirando a Moira de frente sonrió. Moira no pudo con aquella sonrisa. Se lanzó en sus brazos y se apoyó contra ella. Tanya soltó la ropa y la abrazó. Casi sin darse cuenta enredó sus dedos en la melena de Moira y con el otro brazo alrededor de su cintura la apretó contra su cuerpo. Podía sentir cada curva del cuerpo de Moira, el calor de su piel, su olor. Tanya estaba a punto de hacer una locura pero estaba cansada y Moira era dulce y cálida y en la mente de Tanya se formó sin poder evitarlo una imagen de ambas abrazadas y desnudas durmiendo en su cama. Su frente estaba apoyada en la de Moira, que era ligeramente mas baja, y Tanya giró levemente la cabeza y se inclinó hacia su cuello. Cuando estaba a punto de besarla Moira se removió.
- Gracias. Si no hubieses estado cerca…– Moira temblaba y Tanya sintió una lágrima bajando por su cuello. La abrazó mas fuerte y la cogió en brazos para llevarla frente a la chimenea. Se sentó en el suelo con Moira entre sus piernas y Sergei y Nicolai al lado. Moira soltó una risita apoyada en su hombro. Se incorporó se secó las lagrimas y se fijó en las alas de Tanya
- ¿Qué te ha pasado? Tus plumas están quemadas.- Moira acarició una pluma con suavidad.
- Me quedé dormida. Casi nos coge el sol.- Moira volvió a poyarse sobre su hombro y se quedó mirando al fuego. Hacía tiempo que no se sentía tan bien cerca de nadie pero Tanya siempre la había hecho sentirse bien, no era extraño en ella. Lo extraño era las ganas que había sentido de besarla. Sentirla tan cerca, el calor de su respiración en el cuello. Moira se había movido para acercarse aun mas a ella pero Tanya la había cogido y la había llevado a la chimenea. Al menos, pensó Moira, no se había dado cuenta de porqué temblaba realmente.




Dibujo y texto: Karen Rodríguez