Es una playa de arenas negras y piedra, adornada por la espuma blanca de las olas que rompen en leves murmullos. No hay mas luz que la luz pálida de la luna llena que parece gritar en el silencio, rodeada de una comparsa de tenues estrellas que, mas que brillar, lloran su luz en el negro cielo. Hasta la leve brisa de la costa es en este lugar pesada y trae con ella el olor a las almas de los difuntos, que es el olor de las violetas de medianoche que adornan los cabellos de la mujer que está de pie mirando al mar. El aire trae consigo un calor frío que hiela la sangre. Hermosa como una tormenta la dama contempla en silencio el horizonte bajo un velo negro que la cubre desde la cabeza hasta los pies y se enrosca en su cuerpo agitado por la brisa. Por su pálida mejilla resbala una lágrima, lenta como el pasar de las horas de una noche en soledad, que desde su rostro cae al suelo con el sonido de una pequeña campanilla. Y otra, y otra, y otra. Y la playa se convierte en un lúgubre salón de baile en el que las jóvenes doncellas danzarán al acompasado son de miles de pequeñas campanas que rebotan en la arena negra y en las piedras afiladas. La dama se arranca el velo con furia y lo sujeta con una mano, el brazo levantado, hasta que la brisa se vuelve vendaval y lo suelta para que vuele lejos convertido en un montón de cuervos negros. Las violetas marchitas que adornan su cabello negro desprenden ahora con mas intensidad un dulzón olor a sangre. La Dama camina hacia el agua oscura con sus pálidos pies descalzos y su vestido de luto ajado por el paso de los años con sus sedas rasgadas. La sonrisa enloquecida en sus labios rojos y en sus ojos grises, fríos como hielo, se vuelve graznido de cuervo cuando comienza a reír y a dar vueltas en una danza solitaria que la lleva dentro de las aguas negras del mar. La espuma blanca de las olas es como el velo de un vestido de novia que desprendiéndose de la cabeza se enrosca alrededor de la mujer. Alguna violeta se suelta de sus cabellos mientras gira dentro del agua y cae a su alrededor como lluvia de flores. Sus lágrimas, a pesar de su estremecedora risa, no han cesado, y rebotan en las aguas mezclándose la sal con la sal, el dolor con el dolor. Cansada sale del mar y se tumba sobre la arena bajo la los rayos de la luna llena. Miles de cuervos caen sobre ella y se transforman en velo negro que la cubre de nuevo. El vendaval se vuelve brisa pesada, calor frío con olor a muerte y a locura. Ya no hay lágrimas de campanilla ni risas enloquecidas. En su sueño una mano suave y cálida acaricia su rostro y se enreda en sus cabellos. Hay una voz llena de amor que susurra en su oído y unos labios que deslizan su aliento sobre su cuello. Siente el calor del cuerpo que se pega al suyo, su peso, su suavidad. El olor de la piel de su amada llena el aire. Puede oír sus risas, sus susurros, sus gemidos. Palabras de amor que se pierden en el viento. Puede sentir cada caricia, cada beso de ambas bailando en perfecta armonía una danza que no cesa hasta que sale el sol. Ha traído violetas. Ella siempre trae violetas y las tira por toda la cama para que las sábanas y su propia piel se impregnen de su olor mientras bailan sobre ellas. Ese olor a flores frescas es, en su sueño, olor a caricias dulces a besos tiernos, a la piel de una mujer haciendo el amor con otra mujer. Algo la despierta. Un dolor en su corazón tan agudo que la hace gritar en la playa negra. Las violetas vuelven a oler a muerte. Y a su memoria vuelven como cuervos negros aquellos hombres que se decían hombres de Dios y arrancaron de sus brazos a su amante para ejecutarla delante de los ojos vacíos de un pueblo sometido al miedo y la tiranía. Cuando la cuerda apretó el cuello blanco de su amada, juró venganza. Cuando ella misma fue ejecutada les gritó que volvería a por ellos. Ha pasado mucho tiempo pero su alma no descansará hasta que haya acabado con todos. Y luego podrá descansar en paz entre los brazos de la mujer que siempre ha amado. De momento este amanecer irá a buscar a uno más para beber su sangre hasta darle muerte. Uno a uno, en el aniversario de la noche en que le arrebataron la vida a su mujer. Uno a uno caerán para que su amada y ella puedan descansar una al lado de la otra toda la eternidad…
NOTA: Aunque la imagen en principio no parezca tener relación con la historia fue a partir de ese cuadro de donde surgieron las palabras y las imagenes en mi cabeza. El cuadro es de una persona importante para mi que siempre consigue, haga lo que haga, que mi cabeza se ponga a trabajar. Ya sea escribiendo historias, dibujando o intentando hacer poesia. Gracias Martha, porque estando cerca de ti, siempre consigo sacar lo mejor de mi misma. Espero que te guste.
Pintura: Martha Barreiro Román, Texto: Karen Rodriguez Zapico
Pintura: Martha Barreiro Román, Texto: Karen Rodriguez Zapico
me gusta, muchas gracias por poner uno de mis cuadros, nunca pense que fueran a salir de las paredesde mi casa.
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